de la comida o al anochecer, cuando cesaba el trabajo, como si nada hubiera ocurrido. Pero
siempre presentaba tan excelentes excusas y ronroneaba tan afablemente, que era imposible
dudar de sus buenas intenciones. El viejo Benjamín, el burro, parecía no haber cambiado desde la
rebelión. Hacía su trabajo con la misma obstinación y lentitud que antes, nunca eludiéndolo y
nunca ofreciéndose tampoco para cualquier tarea extra. No daba su opinión sobre la rebelión o
sus resultados. Cuando se le preguntaba si no era más feliz, ahora que ya no estaba Jones, se
limitaba a contestar: «Los burros viven mucho tiempo. Ninguno de ustedes ha visto un burro
muerto». Y los demás debían conformarse con tan misteriosa respuesta.
Los domingos no se trabajaba. El desayuno se tomaba una hora más tarde que de
costumbre, y después tenía lugar una ceremonia que se cumplía todas las semanas sin excepción.
Primero se izaba la bandera. Snowball había encontrado en el guadarnés un viejo mantel verde
de la señora Jones y había pintado en blanco sobre su superficie un asta y una pezuña. Y esta
enseña era izada en el mástil del jardín, todos los domingos por la mañana. La bandera era verde,
explicó Snowball, para representar los campos verdes de Inglaterra, mientras que el asta y la
pezuña significaban la futura República de los Animales, que surgiría cuando finalmente
lograran derrocar a la raza humana. Después de izar la bandera, todos los animales se dirigían en
tropel al granero principal donde tenía lugar una asamblea general, a la que se conocía por la
Reunión. Allí se planeaba el trabajo de la semana siguiente y se suscitaban y debatían las
decisiones a adoptar. Los cerdos eran los que siempre proponían las resoluciones. Los otros
animales entendían cómo debían votar, pero nunca se les ocurrían ideas propias. Snowball y
Napoleón eran, sin duda, los más activos en los debates. Pero se notó que ellos dos nunca estaban
de acuerdo; ante cualquier sugerencia que hacía el uno, podía descontarse que el otro estaría en
contra. Hasta cuando se decidió reservar el pequeño campo de detrás de la huerta como hogar de
descanso para los animales que ya no estaban en condiciones de trabajar, hubo un tormentoso
debate con referencia a la edad de retiro correspondiente a cada clase de animal. La Reunión
siempre terminaba con la canción «Bestias de Inglaterra», y la tarde la dedicaban al ocio.
Los cerdos hicieron del guadarnés su cuartel general. Todas las noches, estudiaban
herrería, carpintería y otros oficios necesarios, en los libros que habían traído de la casa.
Snowball también se ocupó en organizar a los otros, en lo que denominaba Comités de
Animales. Para esto, era incansable. Formó el Comité de producción de huevos para las gallinas,
la Liga de las colas limpias para las vacas, el Comité para reeducación de los camaradas salvajes
(cuyo objeto era domesticar las ratas y los conejos), el Movimiento pro-lana más blanca para las
ovejas, y otros muchos, además de organizar clases de lectura y escritura. En general, estos
proyectos resultaron un fracaso. El ensayo de domesticar a los animales salvajes, por ejemplo,
falló casi de raíz. Siguieron portándose prácticamente igual que antes, y cuando eran tratados con
generosidad se aprovechaban de ello. La gata se incorporó al Comité para la reeducación y actuó
mucho en él durante algunos días. Cierta vez la vieron sentada en la azotea charlando con
algunos gorriones que estaban fuera de su alcance. Les estaba diciendo que todos los animales
eran ya camaradas y que cualquier gorrión que quisiera podía posarse sobre su garra; pero los
gorriones prefirieron abstenerse.
Las clases de lectura y escritura, por el contrario, tuvieron gran éxito. Para otoño casi
todos los animales, en mayor o menor grado, tenían alguna instrucción. Los cerdos ya sabían leer
y escribir perfectamente. Los perros aprendieron la lectura bastante bien, pero no les interesaba
leer otra cosa que los siete mandamientos. Muriel, la cabra, leía un poco mejor que los perros, y a
veces, por la noche, acostumbraba a hacer lecturas para los demás, de los recortes de periódicos
que encontraba en la basura. Benjamín leía tan bien como cualquiera de los cerdos, pero nunca