demostrado por la Ciencia, camaradas) contienen substancias absolutamente necesarias para la
salud del cerdo. Nosotros, los cerdos, trabajamos con el cerebro. Toda la administración y
organización de esta granja depende de nosotros. Día y noche estamos velando por vuestra
felicidad. Por vuestro bien tomamos esa leche y comemos esas manzanas. ¿Sabéis lo que
ocurriría si los cerdos fracasáramos en nuestro cometido? ¡Jones volvería! Sí, ¡Jones volvería!
Seguramente, camaradas —exclamó Squealer casi suplicante, danzando de un lado a otro y
moviendo la cola—, seguramente no hay nadie entre vosotros que desee la vuelta de Jones.
Ciertamente, si había algo de lo que estaban completamente seguros los animales, era de
no querer la vuelta de Jones. Cuando se les presentaba de esta forma, no sabían qué decir. La
importancia de conservar la salud de los cerdos, era demasiado evidente. De manera que se
decidió sin discusión alguna, que la leche y las manzanas caídas de los árboles (y también la
cosecha principal de manzanas cuando éstas maduraran) debían reservarse para los cerdos en
exclusiva.
IV
Para fines de verano, la noticia de lo ocurrido en la «Granja Animal» se había difundido
por casi todo el condado. Todos los días, Snowball y Napoleón enviaban bandadas de palomas
con instrucciones de mezclarse con los animales de las granjas colindantes, contarles la historia
de la Rebelión y enseñarles los compases de «Bestias de Inglaterra».
Durante la mayor parte de ese tiempo, Jones permanecía en la taberna «El León
Colorado», en Willingdon, quejándose a todos los que quisieran escucharle, de la monstruosa
injusticia que había sufrido al ser arrojado de su propiedad por una banda de animales inútiles.
Los otros granjeros se solidarizaron con él, aunque no le dieron demasiada ayuda. En su interior,
cada uno pensaba secretamente si no podría en alguna forma transformar la desgracia de Jones
en beneficio propio. Era una suerte que los dueños de las dos granjas que lindaban con «Granja
Animal» estuvieran siempre enemistados. Una de ellas, que se llamaba Foxwood, era una granja
grande, anticuada y descuidada, cubierta de arboleda, con sus campos de pastoreo agotados y los
cercados en un estado lamentable. Su propietario, el señor Pilkington, era un agricultor señorial e
indolente que pasaba la mayor parte del tiempo pescando o cazando, según la estación. La otra
granja, que se llamaba Pinchfield, era más pequeña y estaba mejor cuidada. Su dueño, un tal
Frederick, era un hombre duro, astuto, que estaba siempre pleiteando y tenía fama de hábil
negociador. Los dos se odiaban tanto que era difícil que se pusieran de acuerdo, ni aun en
defensa de sus propios intereses. Ello no obstante, ambos estaban completamente asustados por
la rebelión de la «Granja Animal» y muy ansiosos por evitar que sus animales llegaran a saber
mucho del acontecimiento. Al principio, aparentaban reírse y desdeñar la idea de unos animales
administrando su propia granja. «Todo este asunto se terminará de la noche a la mañana», se
decían. Afirmaban que los animales en la «Granja Manor» (insistían en llamarla «Granja Manor»
pues no podían tolerar el nombre de «Granja Animal»), se peleaban continuamente entre sí y
terminarían muriéndose de hambre. Pasado algún tiempo, y cuando los animales evidentemente
no perecían de hambre, Frederick y Pilkington cambiaron de tono y empezaron a hablar de la
terrible maldad que florecía en la «Granja Animal». Difundieron el rumor de que los animales
practicaban el canibalismo, se torturaban unos a otros con herraduras calentadas al rojo y
practicaban el amor libre. «Ése es el resultado de rebelarse contra las leyes de la Naturaleza»,
sostenían Frederick y Pilkington.