Sin embargo, nunca se dio mucho crédito a estos cuentos. Rumores acerca de una granja
maravillosa de la que se había expulsado a los seres humanos y en la que los animales
administraban sus propios asuntos, continuaron circulando en forma vaga y falseada, y durante
todo ese año se extendió una ola de rebeldía en la comarca. Toros que siempre habían sido
dóciles se volvieron repentinamente salvajes; había ovejas que rompían los cercados y devoraban
el trébol; vacas que volcaban los baldes cuando las ordeñaban; caballos de caza que se negaban a
saltar los setos y que lanzaban a sus jinetes por encima de sus orejas. A pesar de todo, la tonada y
hasta la letra de «Bestias de Inglaterra» eran conocidas por doquier. Se habían difundido con una
velocidad asombrosa. Los seres humanos no podían detener su furor cuando oían esta canción,
aunque aparentaban considerarla sencillamente ridícula. No podían entender, decían, cómo hasta
los animales mismos se atrevían a cantar algo tan deleznable. Cualquier animal que era
sorprendido cantándola, se le azotaba en el acto. Sin embargo, la canción resultó irreprimible: los
mirlos la silbaban en los vallados, las palomas la arrullaban en los álamos y hasta se reconocía en
el ruido de las fraguas y en el tañido de las campanas de las iglesias. Y cuando los seres humanos
la escuchaban, temblaban secretamente, pues presentían en ella un augurio de su futura
perdición.
A principios de octubre, cuando el maíz había sido cortado y entrojado y parte del mismo
ya había sido trillado, una bandada de palomas cruzó a toda velocidad y se posó, muy excitada,
en el patio de «Granja Animal». Jones y todos sus peones, con media docena más de hombres de
Foxwood y Pinchfield, habían atravesado el portón y se aproximaban por el sendero hacia la
casa. Todos esgrimían palos, exceptuando a Jones, que marchaba delante con una escopeta en la
mano. Evidentemente iban a tratar de reconquistar la granja.
Esta eventualidad, hacía tiempo que estaba prevista y, en consecuencia, se habían
adoptado las precauciones necesarias. Snowball, que había estudiado las campañas de Julio
César en un viejo libro, hallado en la casa, estaba a cargo de las operaciones defensivas. Dio las
órdenes rápidamente y en contados minutos, cada animal ocupaba su puesto de combate.
Cuando los seres humanos se acercaron a los edificios de la granja, Snowball lanzó su
primer ataque. Todas las palomas —eran unas treinta y cinco— volaban sobre las cabezas de los
hombres y los ensuciaban desde lo alto; y mientras los hombres estaban preocupados eludiendo
lo que les caía encima, los gansos, escondidos detrás del seto, los acometieron picoteándoles las
pantorrillas furiosamente. Pero aquélla era una simple escaramuza con el propósito de crear un
poco de desorden, y los hombres ahuyentaron fácilmente a los gansos con sus palos. Snowball
lanzó la segunda línea de ataque: Muriel, Benjamín y todas las ovejas, con Snowball a la cabeza,
avanzaron embistiendo y achuchando a los hombres desde todos los lados, mientras Benjamín se
volvió y comenzó a repartir coces con sus patas traseras. Pero, de nuevo los hombres, con sus
palos y sus botas claveteadas, fueron demasiado fuertes para ellos, y repentinamente, al oírse el
chillido de Snowball, que era la señal para retirarse, todos los animales dieron media vuelta y se
metieron, por el portón, en el patio.
Los hombres lanzaron un grito de triunfo. Vieron —es lo que imaginaron— a sus
enemigos en fuga y corrieron tras ellos en desorden. Eso era precisamente lo que Snowball
esperaba. Tan pronto como estuvieron dentro del patio, los tres caballos, las tres vacas y los
demás cerdos, que habían estado al acecho en el establo de las vacas, aparecieron repentinamente
detrás de ellos, cortándoles la retirada. Snowball dio la señal para la carga. Él mismo acometió a
Jones. Éste lo vio venir, apuntó con su escopeta e hizo fuego. Los perdigones dejaron su huella
sangrienta en el lomo de Snowball, y una oveja cayó muerta. Sin vacilar un instante, Snowball
lanzó sus quince arrobas contra las piernas de Jones, que fue a caer sobre una pila de estiércol