mientras la escopeta se le escapó de las manos. Pero el espectáculo más aterrador lo ofrecía
Boxer, encabritado sobre sus cuartos traseros y coceando como un semental con sus enormes
cascos herrados. Su primer golpe lo recibió en la cabeza un mozo de la caballeriza de Foxwood,
quedando tendido exánime en el barro. Al ver este cuadro, varios hombres, dejaron caer sus
palos e intentaron escapar. Pero los agarrotó el pánico y, al momento, los animales estaban
corriendo tras ellos por todo el patio. Fueron corneados, coceados, mordidos, pisados. No hubo
ni un animal en la granja que no se vengara a su manera. Hasta la gata saltó repentinamente
desde una azotea sobre la espalda de un vaquero y le clavó sus garras en el cuello, haciéndole
gritar horriblemente. En el momento en que la salida estuvo clara, los hombres se alegraron de
poder escapar del patio y huir como un rayo hacia el camino principal. Y así, a los cinco minutos
de su invasión, se hallaban en vergonzosa retirada por la misma vía de acceso, con una
bandada de gansos picoteándoles las pantorrillas a lo largo de todo el camino.
Todos los hombres se habían ido, menos uno. Allá en el patio, Boxer estaba empujando
con la pata al mozo de caballeriza que yacía boca abajo en el barro, tratando de darle vuelta. El
muchacho no se movía.
—Está muerto —dijo Boxer tristemente—. No tuve intención de hacerlo. Me olvidé de
que tenía herraduras. ¿Quién va a creer que no hice esto adrede?
—Nada de sentimentalismo, camarada —gritó Snowball, de cuyas heridas aún manaba
sangre—. La guerra es la guerra. El único ser humano bueno es el que ha muerto.
—Yo no deseo quitar una vida, ni siquiera humana —repitió Boxer con los ojos llenos
de lágrimas.
—¿Dónde está Mollie? —inquirió alguien.
En efecto, faltaba Mollie. Por un momento se produjo una gran alarma; se temió que los
hombres la hubieran lastimado de alguna forma, o tal vez que se la hubiesen llevado consigo.
Al final, la encontraron escondida en su casilla, en el establo, con la cabeza enterrada en el
heno del pesebre. Se había escapado tan pronto como sonó el tiro de la escopeta. Y, cuando los
otros retornaron de su búsqueda, se encontraron con que el mozo de caballeriza, que en
realidad sólo estaba aturdido, se había repuesto y huido. Los animales se congregaron muy
exaltados, cada uno contando a voz en grito sus hazañas en la batalla. En seguida se realizó una
celebración improvisada de la victoria. Se izó la bandera y se cantó varias veces «Bestias de
Inglaterra», y luego se le dio sepultura solemne a la oveja que murió en la acción, plantándose
una rama de espino sobre su tumba. En dicho acto Snowball pronunció un discurso, recalcando
la necesidad de que todos los animales estuvieran dispuestos a morir por «Granja Animal», si
ello fuera necesario.
Los animales decidieron unánimemente crear una condecoración militar: «Héroe
Animal, de Primer Grado», que les fue conferida en ese mismo instante a Snowball y Boxer.
Consistía en una medalla de bronce (en realidad eran unos adornos de bronce para caballerías
encontrados en el guadarnés}, que debía usarse los domingos y días de fiesta. También se creó
la de «Héroe Animal, de Segundo Grado», qué le fue otorgada, póstumamente, a la oveja
muerta.
Se discutió mucho acerca del nombre que debía dársele a la batalla. Al finarse la llamó
la «Batalla del Establo de las Vacas», pues fue allí donde se realizó la emboscada. La escopeta
del señor Jones fue hallada en el barro y se sabía que en la casa había proyectiles. Se decidió
colocar la escopeta al pie del mástil, como si fuera una pieza de artillería, y dispararla dos veces
al año; una vez, el cuatro de octubre, aniversario de la «Batalla del Establo de las Vacas», y la
otra, el día de San Juan, aniversario de la Rebelión.