Se negó a creer que habría mas abundancia de comida o que el molino de viento ahorraría
trabajo. «Con molino o sin molino —dijo—, la vida seguirá como siempre ha sido, es decir, un
desastre.»
Aparte de las discusiones referentes al molino, estaba la cuestión de la defensa de la
granja. Se comprendía perfectamente que aunque los seres humanos habían sido derrotados en la
«Batalla del Establo de las Vacas», podrían hacer otra tentativa, más resuelta que la anterior, para
recuperar la granja y restaurar al señor Jones. Tenían aún mayores motivos para hacerlo, pues la
noticia de la derrota se difundió por los alrededores y había vuelto a los animales más
descontentos que nunca. Como de costumbre, Snowball y Napoleón estaban en desacuerdo.
Según Napoleón, lo que debían hacer los animales era procurar la obtención de armas de fuego y
adiestrarse en su manejo. Snowball opinaba que debían mandar cada vez más palomas y
fomentar la rebelión entre los animales de las otras granjas. Uno argumentaba que si no podían
defenderse estaban destinados a ser conquistados; el otro argüía que si había rebeliones en todas
partes no tendrían necesidad de defenderse. Los animales escuchaban primeramente a Napoleón,
luego a Snowball, y no podían decidir quién tenía razón; a decir verdad, siempre estaban de
acuerdo con el que les estaba hablando en aquel momento.
Al fin llegó el día en que Snowball completó sus planos. En la Reunión del domingo
siguiente se iba a poner a votación si se comenzaba o no a construir el molino de viento. Cuando
los animales estaban reunidos en el granero principal, Snowball se levantó y, aunque de vez en
cuando era interrumpido por los balidos de las ovejas, expuso sus razones para defender la
construcción del molino. Luego Napoleón se levantó para contestar. Dijo tranquilamente que el
molino de viento era una tontería y que él aconsejaba que nadie lo votara. Y se sentó, acto
seguido; había hablado apenas treinta segundos, y parecía indiferente en cuanto al efecto que
había producido. A continuación, Snowball se puso de pie de un salto, y gritando para poder ser
oído a pesar de las ovejas, que nuevamente habían comenzado a balar, se desató en un alegato
apasionado a favor del molino de viento. Hasta entonces los animales estaban divididos más o
menos por igual en sus simpatías, pero en un instante, la elocuencia de Snowball los había
convencido. Con frases ardientes les pintó un cuadro de cómo podría ser «Granja Animal»
cuando el vil trabajo fuera aligerado de las espaldas de los animales. Su imaginación había ido
mucho más allá de las desgranadoras y las segadoras. «La electricidad —dijo— podría mover las
trilladoras, los arados, las rastrilladoras, los rodillos, las segadoras y las atadoras, además de
suministrar a cada cuadra su propia luz eléctrica, agua fría y caliente, y un calentador eléctrico.»
Cuando dejó de hablar, no quedaba duda alguna sobre el resultado de la votación. Pero
inmediatamente se levantó Napoleón y, lanzando una extraña mirada de reojo a Snowball, emitió
un chillido agudo y estridente como nunca se le había oído articular.
Acto seguido se escucharon unos terribles ladridos que llegaban desde fuera y nueve
enormes perros que llevaban puestos unos collares tachonados con clavos, irrumpieron en el
granero. Y se lanzaron directamente sobre Snowball quien saltó de su sitio con el tiempo justo
para esquivar sus feroces colmillos. En un instante estaba al otro lado de la puerta con los perros
tras él. Demasiado asombrados y asustados para poder decir nada, todos los animales se
agolparon en la puerta para observar la persecución. Snowball huía a todo correr a través de la
larga pradera que conducía a la carretera. Corría como sólo puede hacerlo un cerdo, pero los
perros iban pisándole los talones. De repente patinó y pareció que iba a ser presa segura de los
perros, pero apenas recuperó su equilibrio siguió corriendo más veloz que nunca aunque los
sabuesos iban ganándole terreno nuevamente. Uno de ellos estaba a punto de cerrar sus
mandíbulas mordiendo la cola de Snowball pero éste pudo hurtarla a tiempo, de la