cosas. Había necesidad de aceite de parafina, clavos, bizcochos para los perros y hierro para las
herraduras de los caballos, nada de lo cual se podía producir en la granja.
Más adelante también habría necesidad de semillas y abonos artificiales, además de
diversas herramientas y, finalmente, lo más importante: la maquinaria para el molino de
viento. Nadie podía imaginar cómo se iban a obtener todos estos artículos.
Un domingo por la mañana, cuando los animales se reunieron para recibir órdenes,
Napoleón anunció que había decidido adoptar un nuevo sistema. En adelante, «Granja
Animal» iba a negociar con las granjas vecinas; y no por supuesto con algún propósito
comercial, sino simplemente con el fin de obtener ciertos materiales que hacían falta con
urgencia. «Las necesidades del molino están por encima de todo lo demás», afirmó. En
consecuencia, estaba tomando las medidas necesarias para vender una parte del heno y otra
de la cosecha de trigo de ese año, y más adelante, si necesitaban más dinero, tendrían que
obtenerlo mediante la venta de huevos, para los cuales siempre había mercado en
Willingdon. «Las gallinas —dijo Napoleón— debían recibir con agrado este sacrificio como
aportación especial a la construcción del molino.»
Nuevamente los animales se sintieron presos de una vaga inquietud. «Nunca tener
trato alguno con los humanos, nunca dedicarse a comerciar, nunca usar dinero», ¿no fueron
ésas las primeras resoluciones adoptadas en aquella reunión triunfal, después de haberse
expulsado a Jones? Todos los animales recordaron haber aprobado tales resoluciones o, por
lo menos, creían recordarlo. Los cuatro jóvenes cerdos que habían protestado cuando
Napoleón abolió las reuniones, levantaron sus voces tímidamente, pero fueron silenciados de
inmediato por el feroz gruñido de los perros. Entonces, como de costumbre, las ovejas
irrumpieron con su « ¡Cuatro patas sí, dos pies no! » y su cantinela se impuso. Finalmente,
Napoleón levantó la pata para imponer silencio y anunció que ya había decidido todos los
convenios. No habría necesidad de que ninguno de los animales entrara en contacto con los
seres humanos, lo que sería indeseable. Tenía la intención de tomar todo el peso de las
decisiones sobre sus propios hombros. Un tal señor Whymper, un comisionista que vivía en
Willingdon, había accedido a actuar de intermediario entre «Granja Animal» y el mundo
exterior, y visitaría la granja todos los lunes por la mañana para recibir instrucciones.
Napoleón finalizó su discurso con su grito acostumbrado de « ¡Viva la "Granja Animal"!», y
después de cantar «Bestias de Inglaterra», despidió a los animales.
Luego Squealer dio una vuelta por la granja y les tranquilizó. Les aseguró que la
resolución prohibiendo comerciar y usar dinero nunca había sido aprobada, ni siquiera
sugerida. Era pura imaginación, probablemente atribuible a mentiras difundidas por Snowball.
Algunos animales aún tenían ciertas dudas, pero Squealer les preguntó astutamente: «¿Están
seguros de que eso no es algo que han soñado, camaradas? ¿Tienen constancia de tal resolución?
¿Está anotado en alguna parte?». Y puesto que era cierto que nada de eso constaba por escrito,
los animales quedaron convencidos de que estaban equivocados.
Todos los lunes el señor Whymper visitaba la granja, tal como se había convenido. Era
un hombre bajito, astuto, de patillas anchas, un comisionista al por menor, pero lo
suficientemente listo para darse cuenta, antes que cualquier otro, que «Granja Animal» iba a
necesitar un agente y que las comisiones valdrían la pena. Los animales observaban su ir y venir
con cierto temor, y lo eludían en todo lo posible. Sin embargo, la visión de Napoleón, sobre sus
cuatro patas, dándole órdenes a Whymper, que se tenía sobre sus dos pies, despertó su orgullo y
los reconcilió en parte con la nueva situación. Sus relaciones con la raza humana no eran como
habían sido antes. Los seres humanos, por su parte, no odiaban menos a «Granja Animal», ahora