que estaba prosperando; al contrario, la odiaban más que nunca. Cada ser humano tenía por
seguro que, tarde o temprano, la granja iba a declararse en quiebra, y sobre todo, que el molino
de viento sería un fracaso. Se reunían en las tabernas y se demostraban los unos a los otros, por
medio de diagramas, que el molino estaba destinado a caerse o, si se mantenía en pie, que jamás
funcionaría. Y, sin embargo, contra sus deseos, llegaron a tener cierto respeto por la eficacia con
que los animales estaban administrando sus propios asuntos. Uno de los síntomas de esto fue que
empezaron a llamar a «Granja Animal» por su verdadero nombre y dejaron de pretender que se
llamara «Granja Manor». También desistieron de apoyar a Jones, el cual había perdido las
esperanzas de recuperar su granja y se fue a vivir a otro lugar del país. Exceptuando a Whymper,
aún no existía contacto alguno entre «Granja Animal» y el mundo exterior, pero circulaban
constantes rumores de que Napoleón iba a celebrar definitivamente un convenio comercial con el
señor Pilkington, de Foxwood, o con el señor Frederick, de Pinchfield; pero nunca —se hacía
constar— con los dos simultáneamente.
Fue más o menos en esa época cuando los cerdos, repentinamente, se mudaron a la casa
de la granja y establecieron allí su residencia. De nuevo los animales creyeron recordar que en
los primeros tiempos se había aprobado una resolución en contra de tal medida, y de nuevo
Squealer hubo de convencerlos de que no era así. Resultaba absolutamente necesario, dijo él, que
los cerdos, que eran el cerebro de la granja, dispusieran de un lugar tranquilo para trabajar.
También era más apropiado para la dignidad del Líder (porque últimamente había
comenzado a referirse a Napoleón con el título de «Líder») que viviera en una casa en vez de
en una simple pocilga. No obstante, algunos animales se molestaron al saber que los cerdos, no
solamente comían en la cocina y usaban la sala como lugar de recreo, sino que también
dormían en las camas. Boxer lo pasó por alto, como de costumbre, repitiendo «¡Napoleón
siempre tiene razón!» , pero Clover, que creyó recordar una disposición concreta contra las
camas, fue hasta el extremo del granero e intentó descifrar los siete mandamientos, que estaban
allí escritos. Al ver que sólo podía leer las letras una por una, trajo a Muriel.
—Muriel —le dijo—, léeme el cuarto mandamiento. ¿No dice algo respecto a no
dormir nunca en una cama?
Con un poco de dificultad, Muriel lo deletreó. —Dice: «Ningún animal dormirá en una
cama con sábanas».
Lo curioso era que Clover no recordaba que el Cuarto Mandamiento mencionara las
sábanas; pero como figuraba en la pared, debía de haber sido así. Y Squealer, que pasaba en
aquel momento por allí, acompañado por dos o tres perros, pudo aclarar el asunto y dejarlo en
su lugar.
—Vosotros habéis oído, camaradas —dijo—, que nosotros los cerdos dormimos ahora
en las camas de la casa. ¿Y por qué no? No supondríais, seguramente, que hubo alguna vez una
disposición contra las camas. Una cama quiere decir simplemente un lugar para dormir. Por
ejemplo: una pila de paja en un establo es una cama. La resolución fue contra las sábanas, que
son un invento de los seres humanos. Hemos quitado las sábanas de las camas de la casa y
dormimos entre mantas. ¡Y en verdad que son camas muy cómodas! Pero no son más de lo que
necesitamos, puedo afirmaros, camaradas, considerando todo el trabajo cerebral que tenemos
hoy en día. No querréis privarnos de nuestro reposo, ¿verdad, camaradas? No nos querréis tan
cansados como para no cumplir con nuestros deberes. Sin duda, ninguno de vosotros deseará
que vuelva Jones.
Los animales lo tranquilizaron inmediatamente y no se habló más del tema respecto a
que los puercos durmieran en las camas de la casa. Y cuando, días después, se anunció que en