adelante los cerdos se levantarían por la mañana una hora más tarde que los demás animales,
tampoco hubo queja alguna al respecto.
Cuando llegó el otoño, los animales estaban cansados pero contentos. Habían tenido un
año difícil y después de la venta de parte del heno y del maíz, las provisiones de víveres no
fueron tan abundantes, pero el molino lo compensó todo. Estaba ya casi construido. Después
de la cosecha tuvieron una temporada de tiempo seco y despejado, y los animales trabajaron
más duramente que nunca, opinando que bien valía la pena correr de acá para allá todo el día
con bloques de piedra, si haciendo eso podían levantar las paredes a un pie más de altura.
Boxer, hasta salía a veces de noche y trabajaba una hora o dos por su cuenta a la luz de la luna.
En sus ratos libres los animales daban vueltas y más vueltas alrededor del molino a punto de
ser terminado, admirando la fortaleza y verticalidad de sus paredes y maravillándose de que
ellos alguna vez hubieran podido construir algo tan imponente. Únicamente el viejo Benjamín
se negaba a entusiasmarse con el molino, aunque, como de costumbre, insistía en su
enigmática afirmación de que los burros vivían mucho tiempo.
Llegó noviembre, con sus furiosos vientos del sudoeste. Tuvieron que parar la
construcción porque había demasiada humedad para mezclar el cemento. Y vino una noche en
la que el ventarrón fue tan violento que los edificios de la granja temblaron sobre sus cimientos
y varias tejas fueron arrancadas de la cubierta del granero. Las gallinas se despertaron
cacareando de terror porque todas soñaron haber oído algo así como el estampido de un cañón
a lo lejos. Por la mañana los animales salieron de sus cuadras y se encontraron con el mástil
derribado y un olmo, que estaba al pie de la huerta, arrancado de cuajo. Apenas habían visto
esto cuando un grito de desesperación brotó de sus gargantas. Un cuadro terrible se ofrecía a su
vista. El molino estaba en ruinas.
Todos a una se abalanzaron hacia el lugar. Napoleón, que rara vez se apresuraba al
caminar, corría a la cabeza de todos ellos. Sí, allí yacía el fruto de todos sus esfuerzos,
demolido hasta sus cimientos; las piedras, que habían roto y trasladado tan empeñosamente,
estaban desparramadas por todas partes. Incapaces, al principio, de articular palabra, no hacían
más que mirar tristemente los cascotes caídos en desorden. Napoleón andaba de un lado a otro
en silencio, olfateando el suelo de vez en cuando. Su cola se había puesto rígida y se movía
nerviosamente a derecha e izquierda, señal de su intensa actividad mental. Repentinamente se
paró como si hubiera visto claro el origen de aquel desastre.
—Camaradas —dijo con voz tranquila—, ¿sabéis quién es el responsable de todo esto?
¿Sabéis quién es el enemigo que ha venido durante la noche y tirado abajo nuestro molino?
¡Snowball! —rugió repentinamente con voz de trueno—. ¡Snowball ha hecho esto! Por pura
maldad, creyendo que iba a arruinar nuestros planes y vengarse por su ignominiosa expulsión,
ese traidor se arrastró hasta aquí al amparo de la oscuridad y destruyó nuestro trabajo de casi
un año. Camaradas, en este momento y lugar, yo sentencio a muerte a Snowball.
Recompensaré y nombraré «Héroe Animal de Segundo Grado» y gratificaré con medio bushel
de manzanas, al animal que lo traiga muerto. Todo un bushel, al que lo capture vivo.
Los animales quedaron horrorizados al enterarse de que Snowball pudiera ser culpable de
tamaña acción. Hubo un grito de indignación y todos comenzaron a idear la manera de atrapar a
Snowball, si alguna vez lo encontraban. Casi inmediatamente se descubrieron las pisadas de un
puerco en la hierba, a poca distancia de la loma. Las huellas pudieron seguirse algunos metros,
pero parecían llevar hacia un agujero en el seto. Napoleón las olió bien y declaró que eran de
Snowball. Opinó que Snowball probablemente había llegado procedente de la «Granja
Foxwood».