Sin embargo, a fines de enero era evidente la necesidad de obtener más cereales de
alguna parte. Por aquellos días, Napoleón rara vez se presentaba en público; pasaba todo el
tiempo dentro de la casa, cuyas puertas estaban custodiadas por canes de aspecto feroz. Cuando
aparecía, era en forma ceremoniosa, con una escolta de seis perros que lo rodeaban de cerca y
gruñían si alguien se aproximaba demasiado. Ya ni se le veía los domingos por la mañana, sino
que daba sus órdenes por intermedio de algún otro cerdo, que generalmente era Squealer. Un
domingo por la mañana, Squealer anunció que las gallinas, que comenzaban a poner
nuevamente, debían entregar sus huevos. Napoleón había suscrito, por intermedio de Whymper,
un contrato de venta de cuatrocientos huevos semanales. El precio de éstos alcanzaría para
comprar suficiente cantidad de cereales y comida, y permitiría que la granja pudiera subsistir
hasta que llegara el verano y las condiciones mejorasen.
Cuando las gallinas oyeron esto, levantaron un gran griterío. Habían sido advertidas con
anterioridad de que sería necesario ese sacrificio, pero no creyeron que esta realidad llegara a
ocurrir. Estaban preparando sus ponederos para empollar en primavera y protestaron expresando
que quitarles los huevos era un crimen. Por primera vez desde la expulsión de Jones había algo
que se asemejaba a una rebelión. Dirigidas por tres gallinas jóvenes Black-Minorca, las gallinas
hicieron un decidido intento por frustrar los deseos de Napoleón. Su protesta fue volar hasta los
montantes y poner allí sus huevos, que se hacían pedazos al chocar con el suelo. Napoleón actuó
rápidamente y sin piedad. Ordenó que fueran suspendidas las raciones de las gallinas y decretó
que cualquier animal que diera, aunque fuera un grano de maíz, a una gallina, sería castigado con
la muerte. Los perros cuidaron de que las órdenes fueran cumplidas. Las gallinas resistieron
durante cinco días, luego capitularon y volvieron a sus nidos. Nueve gallinas murieron,
entretanto. Sus cadáveres fueron enterrados en la huerta y se comunicó que habían muerto de
coccidiosis. Whymper no se enteró de este asunto y los huevos fueron debidamente entregados;
el furgón del tendero acudía semanalmente a la granja para llevárselos.
Durante todo este tiempo no hubo señales de Snowball. Se rumoreaba que estaba oculto
en una de las granjas vecinas: Foxwood o Pinchfield. Napoleón mantenía mejores relaciones que
antes con los otros granjeros. Y ocurrió que en el patio había una pila de madera para la
construcción, que estaba allí desde hacía diez años, cuando se taló un bosque de hayas. Estaba
bien mantenida y Whymper aconsejó a Napoleón que la vendiera; tanto el señor Pilkington como
el señor Frederick se mostraban ansiosos por comprarla. Napoleón estaba indeciso entre los dos,
incapaz de adoptar una resolución. Se notó que cuando parecía estar a punto de llegar a un
acuerdo con Frederick, se decía que Snowball estaba ocultándose en Foxwood, y cuando se
inclinaba hacia Pilkington, se afirmaba que Snowball se encontraba en Pinchfield.
Repentinamente, a principios de primavera, se descubrió algo alarmante. ¡Snowball
frecuentaba en secreto la granja por las noches! Los animales estaban tan alterados que apenas
podían dormir en sus establos.
Todas las noches, se decía, él se introducía al amparo de la oscuridad y hacía toda clase
de daños. Robaba el maíz, volcaba los cubos de leche, rompía los huevos, pisoteaba los
semilleros, roía la corteza de los árboles frutales. Cuando algo andaba mal se hizo habitual
atribuírselo siempre a Snowball. Si se rompía una ventana o se obstruía un desagüe, era cosa
segura que alguien diría que Snowball durante la noche lo había hecho, y cuando se perdió la
llave del cobertizo de comestibles, toda la granja estaba convencida de que Snowball la había
tirado al pozo. Cosa curiosa, siguieron creyendo esto aun después de encontrarse la llave
extraviada debajo de una bolsa de harina. Las vacas declararon unánimemente que Snowball se