terminaron su confesión, los perros, sin perder tiempo, les desgarraron las gargantas y, entre
tanto, Napoleón con voz terrible, preguntó si algún otro animal tenía algo que confesar.
Las tres gallinas, que fueron las cabecillas del conato de rebelión a causa de los huevos,
se adelantaron y declararon que Snowball se les había aparecido en sueños incitándolas a
desobedecer las órdenes de Napoleón. También ellas fueron destrozadas. Luego un ganso se
adelantó y confesó que había ocultado seis espigas de maíz durante la cosecha del año anterior y
que se las había comido por la noche. Luego una oveja admitió que hizo aguas en el bebedero,
instigada a hacerlo, según dijo, por Snowball, y otras dos ovejas confesaron que asesinaron a un
viejo carnero, muy adicto a Napoleón, persiguiéndole alrededor de una fogata cuando tosía.
Todos ellos fueron ejecutados allí mismo. Y así continuó la serie de confesiones y ejecuciones
hasta que una pila de cadáveres yacía a los pies de Napoleón y el aire estaba impregnado con el
olor de la sangre, olor que era desconocido desde la expulsión de Jones.
Cuando terminó esto, los animales restantes, exceptuando los cerdos y los perros, se
alejaron juntos. Estaban estremecidos y consternados. No sabían qué era más espantoso: si la
traición de los animales que se conjuraron con Snowball o la cruel represión que acababan de
presenciar. Antaño hubo muchas veces escenas de matanzas igualmente terribles, pero a todos
les parecía mucho peor la de ahora, por haber sucedido entre ellos mismos. Desde que Jones
había abandonado la granja, ningún animal mató a otro animal. Ni siquiera una rata. Llegaron a
la pequeña loma donde estaba el molino semiconstruído y, de común acuerdo, se recostaron
todos, como si se agruparan para calentarse: Clover, Muriel, Benjamín, las vacas, las ovejas y
toda una bandada de gansos y gallinas: todos, en verdad, exceptuando la gata, que había
desaparecido repentinamente, poco antes de que Napoleón ordenara a los animales que se
reunieran. Durante algún tiempo nadie habló. Únicamente Boxer permanecía de pie batiendo su
larga cola negra contra sus costados y emitiendo de cuando en cuando un pequeño relincho de
extrañeza. Finalmente dijo: «No comprendo. Yo no hubiera creído que tales cosas pudieran
ocurrir en nuestra granja. Eso se debe seguramente a algún defecto nuestro. La solución, como
yo la veo, es trabajar más. Desde ahora me levantaré una hora más temprano todas las
mañanas».
Y se alejó con su trote pesado en dirección a la cantera. Una vez allí juntó dos
carretadas de piedras y tiró de ellas hasta el molino, antes de acostarse.
Los animales se acurrucaron alrededor de Clover, sin hablar. La loma donde estaban
acostados les ofrecía una amplia perspectiva a través de la campiña. La mayor parte de «Granja
Animal» estaba a la vista: la larga pradera, que se extendía hasta la carretera, el campo de
heno, el bebedero, los campos arados donde crecía el trigo nuevo, tupido y verde, y los techos
rojos de los edificios de la granja, con el humo elevándose en espiral de sus chimeneas. Era un
claro atardecer primaveral. El pasto y los cercados florecientes estaban dorados por los rayos
del sol poniente. Nunca les había parecido la granja —y con cierta sorpresa se acordaron de
que era su propia granja, y que cada pulgada era de su propiedad— un lugar tan codiciado.
Mientras Clover miraba ladera abajo, se le llenaron los ojos de lágrimas. Si ella pudiera
expresar sus pensamientos, hubiera sido para decir que a eso no era a lo que aspiraban cuando
emprendieron, años atrás, el derrocamiento de la raza humana. Aquellas escenas de terror y
matanza no eran lo que ellos soñaron aquella noche cuando el Viejo Mayor, por primera vez,
los incitó a rebelarse. Si ella misma hubiera concebido un cuadro del futuro, sería el de una
sociedad de animales liberados del hambre y del látigo, todos iguales, cada uno trabajando de
acuerdo con su capacidad, el fuerte protegiendo al débil, como ella protegiera con su pata
delantera a aquellos patitos perdidos la noche del discurso de Mayor. En su lugar —ella no