sabía por qué— habían llegado a un estado tal en el que nadie se atrevía a decir lo que pensaba,
en el que perros feroces y gruñones merodeaban por doquier y donde uno tenía que ver cómo
sus camaradas eran despedazados después de confesarse autores de crímenes horribles. No
había intención de rebeldía o desobediencia en su mente. Ella sabía que, aun tal y como se
presentaban las cosas, estaban mucho mejor que en los días de Jones y que, ante todo, era
necesario evitar el regreso de los seres humanos. Sucediera lo que sucediera permanecería leal,
trabajaría duro cumpliría las órdenes que le dieran y aceptaría las directrices de Napoleón. Pero
aun así, no era eso lo que ella y los demás animales anhelaran y para lo que trabajaran tanto.
No fue por eso por lo que construyeron el molino, e hicieron frente a las balas de Jones. Tales
eran sus pensamientos, aunque le faltaban palabras para expresarlos.
Al final, presintiendo que tal vez sería un sucedáneo para las palabras que ella no podía
encontrar, empezó a cantar «Bestias de Inglaterra». Los demás animales a su alrededor la
imitaron y la cantaron tres veces, melodiosamente, aunque de forma lenta y fúnebre como nunca
lo hicieran.
Apenas habían terminado de repetirla por tercera vez cuando se acercó Squealer,
acompañado de dos perros, con el aire de quien tiene algo importante que decir. Anunció que por
un decreto especial del camarada Napoleón se había abolido el canto de «Bestias de Inglaterra».
Desde ese momento quedaba prohibido cantar dicha canción.
Los animales quedaron asombrados. —¿Por qué? —gritó Muriel.
—Ya no hace falta, camarada —dijo Squealer secamente—. «Bestias de Inglaterra» fue
el canto de la Rebelión. Pero la Rebelión ya ha terminado. La ejecución de los traidores, esta
tarde, fue el acto final. El enemigo, tanto exterior como interior, ha sido vencido. En «Bestias de
Inglaterra» nosotros expresamos nuestras ansias por una sociedad mejor en el futuro. Pero esa
sociedad ya ha sido establecida. Realmente esta canción ya no tiene objeto.
Aunque estaban asustados, algunos de los animales hubieran protestado, pero en aquel
momento las ovejas comenzaron su acostumbrado balido de «Cuatro patas sí, dos pies no», que
duró varios minutos y puso fin a la discusión.
Y de esta forma no se escuchó más «Bestias de Inglaterra». En su lugar Mínimus, el
poeta, había compuesto otra canción que comenzaba así:
Granja Animal, Granja Animal,
¡Nunca por mí tendrás ningún mal!
Y esto se cantó todos los domingos por la mañana después de izarse la bandera. Pero, por
algún motivo, a los animales les pareció que ni la letra ni la música estaban a la altura de
«Bestias de Inglaterra».
VIII
Días después, cuando ya había desaparecido el terror producido por las ejecuciones,
algunos animales recordaron —o creyeron recordar— que el sexto mandamiento decretaba:
«Ningún animal matará a otro animal». Y aunque nadie quiso mencionarlo al oído de los cerdos
o de los perros, se tenía la sensación de que las matanzas que habían tenido lugar no concordaban
con aquello. Clover pidió a Benjamín que le leyera el sexto mandamiento, y cuando Benjamín,
como de costumbre, dijo que se negaba a entrometerse en esos asuntos, se fue en busca de
Muriel. Muriel le leyó el Mandamiento. Decía así: «Ningún animal matará a otro animal sin