motivo». Por una razón u otra, las dos últimas palabras se les habían ido de la memoria a los
animales. Pero comprobaron que el Mandamiento no fue violado; porque, evidentemente, hubo
motivo sobrado para matar a los traidores que se coaligaron con Snowball.
Durante este año los animales trabajaron aún más duramente que el año anterior.
Reconstruir el molino, con paredes dos veces más gruesas que antes, y concluirlo para una fecha
determinada, además del trabajo diario de la granja, era una tarea tremenda. A veces les parecía
que trabajaban más y no comían mejor que en la época de Jones. Los domingos por la mañana
Squealer, sujetando un papel largo con una pata, les leía largas listas de cifras, demostrando que
la producción de toda clase de víveres había aumentado en un 200 por ciento, 300 por ciento, o
500 por ciento, según el caso. Los animales no vieron motivo para no creerle, especialmente
porque no podían recordar con claridad cómo eran las cosas antes de la Rebelión. Aun así,
preferían a veces tener menos cifras y más comida.
Todas las órdenes eran emitidas por intermedio de Squealer o cualquiera de los otros
cerdos. A Napoleón no se le veía en público, todo lo más, una vez por quincena. Cuando
aparecía lo hacía acompañado, no solamente por su comitiva de perros, sino también por un gallo
negro que marchaba delante y actuaba como una especie de heraldo, dejando oír un sonoro
cacareo antes de que hablara Napoleón. Hasta en la casa, se decía, Napoleón ocupaba aposentos
separados de los demás. Comía solo, con dos perros para servirlo, y siempre utilizaba la vajilla
que había estado en la vitrina de cristal de la sala. También se anunció que la escopeta sería
disparada todos los años en el cumpleaños de Napoleón, igual que en los otros dos aniversarios.
Napoleón no era ya mencionado simplemente como «Napoleón». Se le nombraba
siempre en forma ceremoniosa como «nuestro Líder, camarada Napoleón», y a los cerdos les
gustaba inventar para él, títulos como «Padre de todos los animales», «Terror de la humanidad»,
«Protector del rebaño de ovejas», «Amigo de los patitos» y otros por el estilo. En sus discursos,
Squealer hablaba con lágrimas en los ojos, respecto a la sabiduría de Napoleón, la bondad de su
corazón y el profundo amor que sentía por todos los animales en todas partes, y especialmente
por las desdichadas bestias que aún vivían en la ignorancia y la esclavitud en otras granjas. Se
había hecho habitual atribuir a Napoleón toda proeza afortunada y todo golpe de suerte. A
menudo se oía que una gallina le decía a otra: «Bajo la dirección de nuestro Líder, camarada
Napoleón, yo he puesto cinco huevos en seis días», o dos vacas, mientras saboreaban el agua del
bebedero, solían exclamar: «Gracias a nuestro Líder, camarada Napoleón ¡qué rico sabor tiene
esta agua!». El sentimiento general de la granja estaba bien expresado en un poema titulado
«Camarada Napoleón», escrito por Mínimus y que decía así:
¡Amigo de los desheredados! ¡Fuente de bienestar!
Señor de la pitanza, que mi alma enciendes cuando afortunado contemplo
tu firme y segura mirada,
cuál sol que deslumbra al cielo. ¡Oh, Camarada Napoleón! Donador señero
de todo lo que tus criaturas aman
—sus barrigas llenas y limpia paja para yacer—. Todas las bestias grandes o pequeñas,
dormir en paz en sus establos anhelan bajo tu mirada protectora.
¡Oh, Camarada Napoleón!
El hijo que la suerte me enviare, antes de crecer y hacerse grande y desde chiquito y
tierno cachorrillo aprenderá primero a serte fiel, devoto, y seguro estoy de que éste será su
primer chillido: ¡Oh, Camarada Napoleón!