de porcelana de la cocina. Los animales desfilaron lentamente a su lado y lo contemplaron hasta
el hartazgo. Boxer estiró la nariz para oler los billetes y los delgados papeles se movieron y
crujieron ante su aliento.
Tres días después se registró un terrible alboroto. Whymper, extremadamente pálido,
llegó a toda velocidad montado en su bicicleta, la tiró al suelo al llegar al patio y entró corriendo.
En seguida se oyó un sordo rugido de rabia desde el aposento de Napoleón. La noticia de lo
ocurrido se difundió por la granja como la pólvora. ¡Los billetes de banco eran falsos! ¡Frederick
había conseguido la madera gratis!
Napoleón reunió inmediatamente a todos los animales y con terrible voz decretó
sentencia de muerte para Frederick. Cuando fuera capturado, dijo, Frederick debía ser escaldado
vivo. Al mismo tiempo les advirtió que después de ese acto traicionero, debía esperarse lo peor.
Frederick y su gente podrían lanzar su tan largamente esperado ataque en cualquier momento. Se
apostaron centinelas en todas las vías de acceso a la granja. Ademas se enviaron cuatro palomas
a Foxwood con un mensaje conciliatorio, con el que se esperaba poder restablecer las buenas
relaciones con Pilkington.
A la mañana siguiente se produjo el ataque. Los animales estaban tomando el desayuno
cuando los vigías entraron corriendo con el anuncio de que Frederick y sus huestes ya habían
pasado el portón de acceso. Los animales salieron audazmente para combatir, pero esta vez no
alcanzaron la victoria fácil que obtuvieran en la «Batalla del Establo de las Vacas». Había quince
hombres, con media docena de escopetas, y abrieron fuego tan pronto como llegaron a cincuenta
metros de los animales. Éstos no pudieron hacer frente a las terribles explosiones con sus
hirvientes perdigones y, a pesar de los esfuerzos de Napoleón y Boxer por reagruparlos, pronto
fueron rechazados. Unos cuantos de ellos estaban heridos. Se refugiaron en los edificios de la
granja y espiaron cautelosamente por las rendijas y los agujeros en los nudos de la madera. Toda
la pradera grande, incluyendo el molino de viento, estaba en manos del enemigo. Por el momento
hasta Napoleón estaba sin saber qué hacer. Paseaba de acá para allá sin decir palabra, su cola
rígida y contrayéndose nerviosamente. Se lanzaban miradas ávidas en dirección a Foxwood. Si
Pilkington y su gente los ayudaran, aún podrían salir bien. Pero en ese momento las cuatro
palomas que habían sido enviadas el día anterior volvieron, portando una de ellas un trozo de
papel de Pilkington. Sobre el mismo figuraban escritas con lápiz las siguientes palabras: «Se lo
tiene merecido».
Mientras tanto, Frederick y sus hombres se detuvieron junto al molino. Los animales los
observaron, y un murmullo de angustia brotó de sus labios. Dos de los hombres esgrimían una
palanca de hierro y un martillo. Iban a tirar abajo el molino de viento.
—¡Imposible! —gritó Napoleón—. Hemos construido las paredes demasiado gruesas
para eso. No las podrán tirar abajo ni en una semana. ¡Valor, camaradas!
Pero Benjamín estaba observando con insistencia los movimientos de los hombres.
Los que manejaban el martillo y la palanca de hierro estaban abriendo un agujero cerca de la
base del molino. Lentamente, y con un aire casi divertido, Benjamín agitó su largo hocico.
—Ya me parecía —dijo—. ¿No ven lo que están haciendo? Enseguida van a llenar de
pólvora ese agujero.
Los animales esperaban aterrorizados. Era imposible aventurarse fuera del refugio de
los edificios. Después de varios minutos los hombres fueron vistos corriendo en todas
direcciones. Luego se oyó un estruendo ensordecedor. Las palomas se arremolinaron en el
aire y todos los animales, exceptuando a Napoleón, se tiraron al suelo boca abajo y
escondieron sus caras. Cuando se incorporaron nuevamente, una enorme nube de humo negro