Entraron renqueando en el patio. Los perdigones, incrustados en la pata de Boxer le
quemaban dolorosamente. Veía ante sí la pesada labor de reconstruir el molino desde los
cimientos y, en su imaginación, se preparaba para la tarea. Pero por primera vez se le ocurrió
que él tenía once años de edad y que tal vez sus grandes músculos ya no fueran lo que habían
sido antes. Pero cuando los animales vieron flamear la bandera verde y sintieron disparar
nuevamente la escopeta —siete veces fue disparada en total— y escucharon el discurso que
pronunció Napoleón, felicitándolos por su conducta, les pareció que, después de todo, habían
conseguido una gran victoria. Los muertos en la batalla recibieron un entierro solemne. Boxer
y Clover tiraron del carro que sirvió de coche fúnebre y Napoleón mismo encabezó la
comitiva. Durante dos días enteros se efectuaron festejos. Hubo canciones, discursos y más
disparos de escopeta y se hizo un obsequio especial de una manzana para cada animal, con dos
onzas de maíz para cada ave y tres bizcochos para cada perro. Se anunció que la batalla sería
llamada del Molino y que Napoleón había creado una nueva condecoración, la «Orden del
Estandarte Verde», que él se otorgó a sí mismo. En el regocijo general, se olvidó el infortunado
incidente de los billetes de banco.
Unos días después, los cerdos hallaron una caja de whisky en el sótano de la casa.
Había sido pasado por alto cuando se ocupó el edificio. Aquella noche se oyeron desde la casa
canciones en alta voz, donde, para sorpresa de todos, se entremezclaban los acordes de
«Bestias de Inglaterra». A eso de las nueve y media, Napoleón, luciendo un viejo bombín del
señor Jones, fue visto salir por la puerta trasera, galopar alrededor del patio y entrar
nuevamente. Pero, por la mañana, reinaba un silencio profundo en la casa. Ni un cerdo se
movía. Eran casi las nueve cuando Squealer hizo su aparición, caminando lenta y torpemente,
sus ojos opacos, su cola colgando flácidamente y con el aspecto de estar seriamente enfermo.
Reunió a los animales y les dijo que tenía que comunicarles malas noticias. ¡El camarada
Napoleón se estaba muriendo!
Muestras de dolor se elevaron en un grito al unísono. Se colocó paja en todas las
entradas de la casa y los animales caminaban de puntillas. Con lágrimas en los ojos, se
preguntaban unos a otros qué harían si perdieran a su Líder. Se difundió el rumor de que
Snowball, a pesar de todo, había logrado introducir veneno en la comida de Napoleón. A las
once salió Squealer para hacer otro anuncio. Como último acto suyo sobre la tierra, el
camarada Napoleón emitía un solemne mandato: la acción de beber alcohol sería castigada con
la muerte.
Al anochecer, sin embargo, Napoleón parecía estar algo mejor y a la mañana siguiente
Squealer pudo decirles que se hallaba en vías de franco restablecimiento. Esa misma noche
Napoleón estaba en pie y al otro día se supo que había ordenado a Whymper que comprara en
Willingdon algunos folletos sobre la fermentación y destilación de bebidas. Una semana
después Napoleón ordenó que fuera arado el campo detrás de la huerta, destinada como lugar
de esparcimiento para animales retirados del trabajo. Se dijo que el campo estaba agotado y era
necesario cultivarlo de nuevo, pero pronto se supo que Napoleón tenía intención de sembrarlo
con cebada.
Más o menos por esa época ocurrió un raro incidente que casi nadie fue capaz de
entender. Una noche, a eso de las doce, se oyó un fuerte estrépito en el patio, y los animales
salieron corriendo. Era una noche clara, de luna. Al pie de la pared del granero principal,
donde figuraban inscritos los siete mandamientos, se encontraba una escalera rota en dos
pedazos. Squealer, momentáneamente aturdido, estaba tendido en el suelo y muy cerca estaban
una linterna, un pincel y un tarro volcado de pintura blanca. Los perros formaron inmediatamente