celebraciones. Resultaba satisfactorio el recuerdo de que, después de todo, ellos eran realmente
sus propios amos y que todo el trabajo que efectuaban era en beneficio común. Y así, con las
canciones, los desfiles, las listas de cifras de Squealer, el tronar de la escopeta, el cacareo del
gallo y el flamear de la bandera, podían olvidar por algún tiempo que sus barrigas estaban poco
menos ya que vacías.
En abril, «Granja Animal» fue proclamada República, y se hizo necesario elegir un
Presidente.
Había un solo candidato: Napoleón, que resultó elegido por unanimidad. El mismo día
se reveló que se descubrieron nuevos documentos dando más detalles referentes a la
complicidad de Snowball con Jones. Según ellos, parecía que Snowball no sólo trató de hacer
perder la «Batalla del Establo de las Vacas» mediante una estratagema, como habían supuesto
los animales, sino que estuvo peleando abiertamente a favor de Jones. En realidad, fue él quien
dirigió las fuerzas humanas y arremetió en la batalla con las palabras «¡Viva la Humanidad!».
Las heridas sobre el lomo de Snowball, que varios animales aún recordaban haber visto, fueron
infligidas . por los dientes de Napoleón.
A mediados del verano, Moses, el cuervo, reapareció repentinamente en la granja, tras
una ausencia de varios años. No había cambiado nada, continuaba sin hacer trabajo alguno y se
expresaba igual que siempre respecto al Monte Azúcar. Solía posarse sobre un poste, batía sus
negras alas y hablaba durante horas a cualquiera que quisiera escucharlo. «Allá arriba,
camaradas —decía, señalando solemnemente el cielo con su pico largo—, allá arriba,
exactamente detrás de esa nube oscura que ustedes pueden ver, allí está situado Monte Azúcar,
esa tierra feliz donde nosotros, pobres animales, descansaremos para siempre de nuestras
fatigas». Hasta sostenía haber estado allí en uno de sus vuelos a gran altura, y haber visto los
campos perennes de trébol y las tartas de semilla de lino y los terrones de azúcar creciendo en los
cercados. Muchos de los animales le creían. Actualmente, razonaban ellos, sus vidas no eran más
que hambre y trabajo; ¿no resultaba, entonces, correcto y justo que existiera un mundo mejor en
alguna parte? Una cosa difícil de determinar, era la actitud de los cerdos hacia Moses. Todos
ellos declaraban desdeñosamente que sus cuentos respecto a Monte Azúcar eran mentiras y, sin
embargo, le permitían permanecer en la granja, sin trabajar, con una pequeña ración de cerveza
por día.
Después de habérsele curado el casco, Boxer trabajó más que nunca. Ciertamente, todos
los animales trabajaron como esclavos aquel año. Aparte de las faenas corrientes de la granja y la
reconstrucción del molino, estaba la escuela para los cerditos, que se comenzó en marzo. A
veces, las largas horas de trabajo con insuficiente comida, eran difíciles de aguantar, pero Boxer
nunca vaciló. En nada de lo que él decía o hacía se exteriorizaba señal alguna de que su fuerza ya
no fuese la de antes. Únicamente su aspecto estaba un poco cambiado. Su pelaje era menos bri-
llante y sus ancas parecían haberse contraído. Los demás decían que Boxer se restablecería
cuando apareciera el pasto de primavera; pero llegó la primavera y Boxer no engordó. A veces,
en la ladera que llevaba hacia la cima de la cantera, cuando esforzaba sus músculos tensos por el
peso de alguna piedra enorme, parecía que nada lo mantenía en pie excepto su voluntad de
continuar. En estos momentos se adivinaba que sus labios pronunciaban las palabras: «Trabajaré
más fuerte» porque voz no le quedaba. Nuevamente Clover y Benjamín le advirtieron que
cuidara su salud, pero Boxer no prestó atención. Su duodécimo cumpleaños se aproximaba. No
le importaba lo que sucediera, con tal que se hubiera acumulado una buena cantidad de piedra
antes que él se jubilara.