tirado por dos caballos, y un hombre de aspecto ladino tocado con un bombín aplastado en el
asiento del conductor. La cuadra de Boxer estaba vacía.
Los animales se agolparon junto al carro. —¡Adiós, Boxer! —gritaron a coro—, ¡adiós!
—¡Idiotas! ¡Idiotas! —exclamó Benjamín saltando alrededor de ellos y pateando el
suelo con sus cascos menudos—. ¡Idiotas! ¿No veis lo que está escrito en los letreros de ese
furgón?
Aquello apaciguó a los animales y se hizo el silencio. Muriel comenzó a deletrear las
palabras. Pero Benjamín la empujó a un lado y en medio de un silencio sepulcral leyó:
—«Alfredo Simmonds, matarife de caballos y fabricante de cola, Willingdon.
Comerciante en cueros y harina de huesos. Se suministran perreras». ¿No entienden lo que
significa eso? ¡Lo llevan al descuartizador!
Los animales lanzaron un grito de horror. En ese momento el conductor fustigó a los
caballos y el furgón salió del patio a un trote ligero. Todos los animales lo siguieron, gritando.
Clover se adelantó. El furgón comenzó a tomar velocidad. Clover intentó galopar, pero sus
pesadas patas sólo alcanzaron el medio galope.
—¡Boxer! —gritó ella—. ¡Boxer! ¡Boxer!
En ese momento, como si hubiera oído el alboroto, la cara de Boxer, con la franja
blanca en el hocico, apareció por la ventanilla trasera del carro.
—¡Boxer! —gritó Clover con terrible voz—. ¡Boxer! ¡Sal de ahí! ¡Sal pronto! ¡Te
llevan hacia la muerte!
Todos los animales se pusieron a gritar:
¡Sal de ahí, Boxer, sal de ahí!», pero el furgón ya había tomado velocidad y se alejaba
de ellos. No se supo si Boxer entendió lo que dijo Clover. Pero un instante después, su cara
desapareció de la ventanilla y se sintió el ruido de un patear de cascos dentro del furgón.
Estaba tratando de abrirse camino a patadas. En otros tiempos, unas cuantas coces de los
cascos de Boxer hubieran hecho trizas el furgón. Pero, desgraciadamente, su fuerza lo había
abandonado; y al poco tiempo el ruido de cascos se hizo más débil y se extinguió. En su
desesperación los animales comenzaron a apelar a los dos caballos que tiraban del furgón para
que se detuvieran. « ¡Camaradas, camaradas! —gritaron—. ¡No llevéis a vuestro propio
hermano hacia la muerte! » Pero las estúpidas bestias, demasiado ignorantes para darse cuenta
de lo que ocurría, echaron atrás las orejas y aceleraron el trote. La cara de Boxer no volvió a
aparecer por la ventanilla. Era demasiado tarde cuando a alguien se le ocurrió adelantarse para
cerrar el portón; en un instante el furgón salió y desapareció por el camino. Boxer no fue visto
más. Tres días después se anunció que había muerto en el hospital de Willingdon, no obstante
recibir toda la atención que se podía dispensar a un caballo. Squealer anunció la noticia a los
demás. Él había estado presente, dijo, durante las últimas horas de Boxer.
—¡Fue la escena más conmovedora que jamás haya visto! —expresó Squealer,
levantando la pata para enjugar una lágrima—. Estuve al lado de su cama hasta el último
instante, y al final, casi demasiado débil para hablar, me susurró que su único pesar era morir
antes de haberse terminado el molino. «Adelante, camaradas —murmuró—. Adelante en nombre
de la Rebelión. ¡Viva "Granja Animal"! ¡Viva el camarada Napoleón! ¡Napoleón siempre tiene
razón!» Ésas fueron sus últimas palabras, camaradas.
Aquí el porte de Squealer cambió repentinamente. Permaneció callado un instante, y sus
ojillos lanzaron miradas de desconfianza de un lado a otro antes de continuar. Había llegado a su
conocimiento —dijo—, que un rumor disparatado y malicioso circuló cuando se llevaron a Bo-
xer. Algunos animales notaron que el furgón que trasladó a Boxer llevaba la inscripción: