«Matarife de caballos», y sacaron precipitadamente la conclusión de que ése era en realidad el
destino de Boxer. Resultaba casi increíble, dijo Squealer, que un animal pudiera ser tan estúpido.
Seguramente, gritó indignado, agitando la cola y saltando de lado a lado, seguramente ellos
conocían a su querido Líder, camarada Napoleón, mejor que nadie. Pero la explicación, en
verdad, era muy sencilla. El furgón fue anteriormente propiedad del descuartizador y había sido
comprado por el veterinario, que aún no había borrado el nombre anterior. Así fue como nació el
error.
Los animales quedaron muy aliviados al escuchar esto. Y cuando Squealer continuó
dándoles más detalles gráficos del lecho de muerte de Boxer, la admirable atención que recibió y
las costosas medicinas que abonara Napoleón sin fijarse en el precio, sus últimas dudas
desaparecieron y el pesar que sintieran por la muerte de su camarada fue mitigado por la idea de
que, al menos, había muerto feliz.
Napoleón mismo apareció en la reunión del domingo siguiente y pronunció una breve
oración fúnebre a la memoria de Boxer. No era posible traer de vuelta los restos de su llorado
camarada para ser enterrados en la Granja, pero había ordenado que se confeccionara una gran
corona con laurel del jardín de la casa para ser colocada sobre la tumba de Boxer. Y pasados
unos días los cerdos pensaban realizar un banquete conmemorativo en su honor. Napoleón
finalizó su discurso recordándoles los dos lemas favoritos de Boxer: «Trabajaré más fuerte» y
«El Camarada Napoleón tiene siempre razón», lemas, dijo, que todo animal haría bien en adoptar
para sí mismo.
El día fijado para el banquete, el carro de un almacenista vino desde Willingdon y
descargó un gran cajón de madera. Esa noche se oyó el ruido de cantos bullangueros, seguidos
por algo que parecía una violenta disputa y terminó a eso de las once con un tremendo estrépito
de vidrios rotos. Nadie se movió en la casa antes del mediodía siguiente y se corrió la voz de que
los cerdos se habían agenciado dinero para comprar otro cajón de whisky.
X
Pasaron los años. Las estaciones vinieron y se fueron; las cortas vidas de los animales
pasaron volando. Llegó una época en que ya no había nadie que recordara los viejos días
anteriores a la Rebelión, exceptuando a Clover, Benjamín, Moses el cuervo, y algunos cerdos.
Muriel había muerto; Bluebell, Jessie y Pincher habían muerto. Jones también murió;
falleció en un hogar para borrachos en otra parte del país. Snowball fue olvidado. Boxer lo había
sido, asimismo, excepto por los pocos que lo habían tratado. Clover era ya una yegua vieja y
gorda, con articulaciones endurecidas y ojos legañosos. Ya hacía dos años que había cumplido la
edad del retiro, pero en realidad ningún animal se había jubilado. Hacía tiempo que no se hablaba
de reservar un rincón del campo de pasto para animales jubilados. Napoleón era ya un cerdo
maduro de unos ciento cincuenta kilos. Squealer estaba tan gordo que tenía dificultad para ver
más allá de sus narices. Únicamente el viejo Benjamín estaba más o menos igual que siempre,
exceptuando que el hocico lo tenía más canoso y, desde la muerte de Boxer, estaba más
malhumorado y taciturno que nunca.
Había muchos más animales que antes en la granja, aunque el aumento no era tan grande
como se esperara en los primeros años. Nacieron muchos animales para quienes la Rebelión era
una tradición casi olvidada, transmitida verbalmente; y otros, que habían sido adquiridos, jamás
oyeron hablar de semejante cosa antes de su llegada. La granja poseía ahora tres caballos,
además de Clover. Eran bestias de prestancia, trabajadores de buena voluntad y excelentes