de antaño, la expulsión de Jones, la inscripción de los siete mandamientos, las grandes batallas
en que los invasores humanos fueron derrotados. Ninguno de los viejos ensueños había sido
abandonado. La República de los animales que Mayor pronosticara, cuando los campos verdes
de Inglaterra no fueran hollados por pies humanos, era todavía su aspiración. Algún día llegaría;
tal vez no fuera pronto, quizá no sucediera durante la existencia de la actual generación de
animales, pero vendría. Hasta la melodía de «Bestias de Inglaterra» era seguramente tarareada a
escondidas aquí o allá; de cualquier manera, era un hecho que todos los animales de la granja la
conocían, aunque ninguno se hubiera atrevido a cantarla en voz alta. Podría ser que sus vidas
fueran penosas y que no todas sus esperanzas se vieran cumplidas; pero tenían conciencia de no
ser como otros animales. Si pasaban hambre, no lo era por alimentar a tiranos como los seres
humanos; si trabajaban mucho, al menos lo hacían para ellos mismos. Ninguno caminaba sobre
dos pies. Ninguno llamaba a otro «amo». Todos los animales eran iguales.
Un día, a principios de verano, Squealer ordenó a las ovejas que lo siguieran, y las
condujo hacia una parcela de tierra no cultivada en el otro extremo de la granja, cubierta por
retoños de abedul. Las ovejas pasaron todo el día allí comiendo hojas bajo la supervisión de
Squealer. Al anochecer él volvió a la casa, pero, como hacía calor, les dijo a las ovejas que se
quedaran donde estaban. Y allí permanecieron toda la semana, sin ser vistas por los demás
animales durante ese tiempo. Squealer estaba con ellas durante la mayor parte del día. Dijo que
les estaba enseñando una nueva canción, para lo cual se necesitaba aislamiento.
Una tarde tranquila, al poco tiempo de haber vuelto las ovejas de su retiro —los animales
ya habían terminado de trabajar y regresaban hacia los edificios de la granja—, se oyó desde el
patio el relincho aterrado de un caballo. Alarmados, los animales se detuvieron bruscamente. Era
la voz de Clover. Relinchó de nuevo y todos se lanzaron al galope entrando precipitadamente en
el patio. Entonces contemplaron lo que Clover había visto.
Era un cerdo, caminando sobre sus patas traseras.
Sí, era Squealer. Un poco torpemente, como si no estuviera totalmente acostumbrado a
sostener su gran volumen en aquella posición, pero con perfecto equilibrio, estaba paseándose
por el patio. Y poco después, por la puerta de la casa apareció una larga fila de tocinos, todos
caminando sobre sus patas traseras. Algunos lo hacían mejor que otros, si bien unto o dos
andaban un poco inseguros, dando la impresión de que les hubiera agradado el apoyo de un
bastón, pero todos ellos dieron con éxito una vuelta completa por el patio. Finalmente se oyó un
tremendo ladrido de los perros y un agudo cacareo del gallo negro, y apareció Napoleón en
persona, erguido majestuosamente, lanzando miradas arrogantes hacia uno y otro lado y con los
perros brincando alrededor.
Llevaba un látigo en la mano.
Se produjo un silencio de muerte. Asombrados, aterrorizados, acurrucados unos contra
otros, los animales observaban la larga fila de cerdos marchando lentamente alrededor del patio.
Era como si el mundo se hubiera vuelto del revés. Llegó un momento en que pasó la primera
impresión y, a pesar de todo —a pesar de su terror a los perros y de la costumbre, adquirida
durante muchos años, de nunca quejarse, nunca criticar—, estaba a punto de saltar alguna
palabra de protesta. Pero en ese preciso instante, como obedeciendo a una señal, todas las ovejas
estallaron en un tremendo balido: «¡Cuatro patas sí, dos patas mejor! ¡Cuatro patas sí, dos patas
mejor! ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor! ».
El cántico siguió durante cinco minutos sin parar. Y cuando las ovejas callaron, la
oportunidad para protestar había pasado, pues los cerdos entraron nuevamente en la casa.