Benjamín sintió que un hocico le rozaba el hombro. Se volvió. Era Clover. Sus viejos
ojos parecían más apagados que nunca. Sin decir nada; le tiró suavemente de la crín y lo llevó
hastá el extremo del granero principal, donde estaban inscritos los siete mandamientos. Durante
un minuto o dos estuvieron mirando la pared alquitranada con sus blancas letras.
—La vista me está fallando —dijo ella finalmente—. Ni aun cuando era joven podía leer
lo que estaba ahí escrito.. Pero me parece que esa pared está cambiada. ¿Están igual que antes los
siete mandamientos, Benjamín?
Por primera vez Benjamín consintió en romper la costumbre y leyó lo que estaba escrito
en el muro. Allí no había nada excepto un solo Mandamiento. Éste decía:
TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES, PERO ALGUNOS ANIMALES SON
MÁS IGUALES QUE OTROS.
Después de eso no les resultó extraño que al día siguiente los cerdos que estaban
supervisando el trabajo de la granja, llevaran todos un látigo en la mano. No les pareció raro
enterarse de que los cerdos se habían comprado una radio, estaban gestionando la instalación de
un teléfono y se habían suscrito a John Bull, Tit-Bits y al Daily Mirror. No les resultó
extraño cuando vieron a Napoleón paseando por el jardín de la casa con una pipa en la boca; no,
ni siquiera cuando los cerdos sacaron la ropa del señor Jones de los roperos y se la pusieron;
Napoleón apareció con una chaqueta negra, pantalones bombachos y polainas de cuero, mientras
que su favorita lucía el vestido de seda que la señora Jones acostumbraba a usar los domingos.
Una semana después, una tarde, cierto número de coches llegó a la granja. Una
delegación de granjeros vecinos había sido invitada para realizar una visita. Recorrieron la granja
y expresaron gran admiración por todo lo que vieron, especialmente el molino.
Los animales estaban escardando el campo de nabos. Trabajaban casi sin despegar las
caras del suelo y sin saber a quien debían temer más: si a los cerdos o a los visitantes humanos.
Esa noche se escucharon fuertes carcajadas y canciones desde la casa. El sonido de las
voces entremezcladas despertó repentinamente la curiosidad de los animales. ¿Qué podía estar
sucediendo allí, ahora que, por primera vez, animales y seres humanos estaban reunidos en
igualdad de condiciones? De común acuerdo se arrastraron en el mayor silencio hasta el jardín
de la casa.
Al llegar a la entrada se detuvieron, medio asustados, pero Clover avanzó resueltamente
y los demás la siguieron. Fueron de puntillas hasta la casa, y los animales de mayor estatura
espiaron por la ventana del comedor. Allí, alrededor de una larga mesa, estaban sentados media
docena de granjeros y media docena de los cerdos más eminentes, ocupando Napoleón el
puesto de honor en la cabecera. Los cerdos parecían encontrarse en las sillas completamente a
sus anchas. El grupo estaba jugando una partida de naipes, pero la habían suspendido un
momento, sin duda para brindar. Una jarra grande estaba pasando de mano en mano y los vasos
se llenaban de cerveza una y otra vez.
El señor Pilkington, de Foxwood, se puso en pie, con un vaso en la mano. Dentro de un
instante, explicó, iba a solicitar un brindis a los presentes. Pero, previamente, se consideraba
obligado a decir unas palabras.
«Era para él motivo de gran satisfacción —dijo—, y estaba seguro que para todos los
asistentes, comprobar que un largo período de desconfianzas y desavenencias llegaba a su fin.
Hubo un tiempo, no es que él, o cualquiera de los presentes, compartieran tales sentimientos,
pero hubo un tiempo en que los respetables propietarios de la "Granja Animal" fueron