considerados, él no diría con hostilidad, sino con cierta dosis de recelo por sus vecinos
humanos. Se produjeron incidentes desafortunados y eran fáciles los malos entendidos. Se
creyó que la existencia de una granja poseída y gobernada por cerdos era en cierto modo
anormal y que podría tener un efecto perturbador en el vecindario. Demasiados granjeros
supusieron, sin la debida información, que en dicha granja prevalecía un espíritu de libertinaje
e indisciplina. Habían estado preocupados respecto a las consecuencias que ello acarrearía a
sus propios animales o aun sobre sus empleados del género humano. Pero todas estas dudas ya
estaban disipadas. Él y sus amigos acababan de visitar "Granja Animal" y de inspeccionar cada
pulgada con sus propios ojos. ¿Y qué habían encontrado? No solamente los métodos más
modernos, sino una disciplina y un orden que debían servir de ejemplo para los granjeros de
todas partes. Él creía que estaba en lo cierto al decir que los animales inferiores de "Granja
Animal" hacían más trabajo y recibían menos comida que cualquier animal del condado. En
verdad, él y sus colegas visitantes observaron muchos detalles que pensaban implantar en sus
granjas inmediatamente.
»Querría terminar mi discurso —dijo— recalcando nuevamente el sentimiento
amistoso que subsistía, y que debía subsistir, entre "Granja Animal" y sus vecinos. Entre los
cerdos y los seres humanos no había, y no debería haber, ningún choque de intereses de
cualquier clase. Sus esfuerzos y sus dificultades eran idénticos. ¿No era el problema laboral
el mismo en todas partes?» Aquí pareció que el señor Pilkington se disponía a contar algún
chiste preparado de antemano, pero por un instante le dominó la risa, y no pudo articular
palabra. Después de un rato de sofocación en cuyo transcurso sus diversas papadas
enrojecieron, logró explicarse:
« ¡Si bien ustedes tienen que lidiar con sus animales inferiores —dijo— nosotros
tenemos nuestras clases inferiores!».
Esta ocurrencia les hizo desternillar de risa; y el señor Pilkington nuevamente felicitó
a los cerdos por las escasas raciones, las largas horas de trabajo y la falta de blandenguerías
que observara en «Granja Animal».
«Y ahora —dijo finalmente—, iba a pedir a los presentes que se pusieran de pie y se
cercioraran de que sus vasos estaban llenos.
»Señores —concluyó el señor Pilkington—, señores, les propongo un brindis: ¡Por la
prosperidad de la «Granja Animal!»
Hubo unos vítores entusiastas y un resonar de pies y patas. Napoleón estaba tan
complacido, que dejó su lugar y dio la vuelta a la mesa para chocar su vaso con el del señor
Pilkington antes de vaciarlo. Cuando terminó el vitoreo, Napoleón, que permanecía de pie,
insinuó que también él tenía que decir algunas palabras.
Como en todos sus discursos, Napoleón fue breve y al grano. «Él también —dijo—
estaba contento de que el período de desavenencias llegara a su fin. Durante mucho tiempo
hubo rumores propalados —él tenía motivos fundados para creer que por algún enemigo
malévolo— de que existía algo subversivo y hasta revolucionario en sus puntos de vista y los
de sus colegas. Se les atribuyó la intención de fomentar la rebelión entre los animales de las
granjas vecinas. ¡Nada podía estar más lejos de la verdad! Su único deseo, ahora y en el
pasado, era vivir en paz y mantener relaciones normales con sus vecinos. Esta granja que él
tenía el honor de controlar —agregó— era una empresa cooperativa. Los títulos de
propiedad, que estaban en su poder, pertenecían a todos los cerdos en conjunto.
»Él no creía —dijo— que aún quedaran rastros de las viejas sospechas, pero se
acababan de introducir ciertos cambios en la rutina de la granja que tendrían el efecto de