26
hará imitar. Aquel movimiento hierático de nuestra clara lengua majestuosa, aquel
expresar las ideas en las palabras inevitables, correr de agua porque hay un
declive, aquel asombro vocálico en que los sonidos son colores ideales; todo esto
me embriagó instintivamente como una gran emoción política. Y, lo he dicho, lloré;
hoy, al acordarme, lloro. No es —no— la añoranza de la infancia, de la que no
tengo añoranzas: es la añoranza de la emoción de aquel momento, la tristeza de no
poder leer ya por primera vez aquella gran seguridad sinfónica.
No tengo ningún sentimiento político o social. Tengo, sin embargo, en un
sentido, un alto sentimiento patriótico. Mi patria es la lengua portuguesa. No me
pesaría que invadiesen o tomasen Portugal, siempre que no me molestasen
personalmente. Pero odio, con odio verdadero, con el único odio que siento, no a
quien escribe mal portugués, no a quien no sabe sintaxis, no a quien escribe en
ortografía simplificada
14
, sino a la página mal escrita, como a persona propia, a la
sintaxis equivocada, como a gente a la que golpear, a la ortografía sin ípsilon
15
,
como al escupitajo directo que me enoja independientemente de quien lo haya
escupido.
Sí, porque la ortografía también es gente. La palabra es completa vista y oída.
Y la gala de la transliteración grecorromana me la viste con su verdadero manto
regio, gracias al cual es reina y señora
16
.
13
Por más que pertenezca, por el alma, al linaje de los románticos, no hallo
reposo más que en la lectura de los clásicos. Su misma estrechez, a través de la
cual su claridad se expresa, me consuela no sé de qué. Capto en ellos una
impresión alegre de vida ancha, que contempla amplios espacios sin recorrerlos.
Los mismos dioses paganos reposan del misterio.
El análisis supercurioso de las sensaciones —a veces de las sensaciones que
suponemos tener—, la identificación del corazón con el paisaje, la revelación
anatómica de todos los nervios, el uso del deseo como voluntad y de la aspiración
como pensamiento, todas estas cosas, me resultan demasiado familiares para que,
en otro, me aporten novedad, o me procuren sosiego. Siempre que las siento,
desearía, precisamente porque las siento, estar sintiendo otra cosa. Y, cuando leo a
un clásico, esa otra cosa me es dada.
Lo confieso sin rebozo ni vergüenza... No hay un trecho de Chateaubriand o un
canto de Lamartine —trechos que tantas veces parecen ser la voz de lo que yo
pienso, cantos que tantas veces parecen serme dichos para conocer— que me
embelese y me eleve como un trecho de prosa de Vieira
17
o una u otra oda de esos
pocos clásicos nuestros que siguieron de veras a Horacio.
Leo y soy liberado. Adquiero objetividad. He dejado de ser yo y disperso. Y lo
que leo, en vez de ser un traje mío que apenas veo y a veces me pesa, es la gran
claridad del mundo exterior, toda ella aparente
18
, el sol que ve a todos, la luna que
mancha de sombras al suelo quieto, los espacios anchos que terminan en el mar, la
14
Pessoa escribía con ortografía etimológica, la cual no ha sido modernizada
en la edición que traducimos.
15
Pessoa escribía «rhythmos», «mystico», etc.
16
Publicado en Descobrimento. Revista de Cultura, n.° 3, 1931, pp. 409-410.
Por haber sido reproducido en varios libros, éste es tal vez el fragmento más
conocido del L.D.
17
V. nota 13.
18
Lectura dudosa.