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Podrían no envolver bien los plátanos, no vendérmelos como deben ser vendidos
por no saber yo comprarlos como deben ser comprados. Podrían extrañar mi voz al
preguntar el precio. Más vale escribir que atreverse a vivir, aunque vivir no fuese
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más que comprar plátanos al sol, mientras hay sol y hay plátanos en venta
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.
Más tarde, quizás... Sí, más tarde... Otro, quizás... No sé...
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Cuando duermo muchos sueños, salgo a la calle, con los ojos abiertos, todavía
con el rastro y la seguridad de ellos. Y me pasmo de mi automatismo, con el que
los demás me desconocen. Porque atravieso la vida cotidiana sin soltar la mano de
la nodriza astral, y mis pasos por la calle van de acuerdo y consonantes con
oscuros designios de la imaginación del sueño. Y, por la calle, voy seguro; no voy
oscilando; respondo bien; existo.
Pero, cuando se produce un intervalo, y no tengo que vigilar el curso de mi
marcha, para evitar vehículos o no estorbar a los peatones, cuando no tengo que
hablarle a alguien, ni me pesa la entrada de una puerta próxima, me voy de nuevo
por las aguas del sueño, como un barquito de papel, y de nuevo regreso a la ilusión
mortecina que me arrulla la vaga conciencia de la mañana que nace entre el ruido
de los carros de hortaliza.
Y entonces, en plena vida, es cuando el sueño tiene grandes funciones de cine.
Bajo por una calle ideal de la Baja
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y la realidad de las vidas que no existen me
ata, con cariño, a la cabeza un trapo blanco de reminiscencias falsas. Soy
navegante en un desconocimiento de mí. Lo he vencido todo donde nunca he
estado. Y es una brisa nueva esta somnolencia con que puedo andar, inclinado
hacia delante en una marcha casi imposible.
Cada cual tiene su alcohol. Tengo alcohol suficiente con existir. Borracho de
sentirme, vagabundeo y voy seguro. Si es hora, me recojo en la oficina como
cualquier otro. Si no es hora, voy hasta el río a mirar el río, como cualquier otro. Y,
por detrás de esto, cielo mío, me constelo a escondidas y tengo mi infinito.
20-7-1930.
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Una sola cosa me maravilla más que la estupidez con que la mayoría de los
hombres vive su vida: es la inteligencia que hay en esa estupidez.
La monotonía de las vidas vulgares es, aparentemente, pavorosa. Estoy
almorzando en este restaurante vulgar, y miro, más allá del mostrador, la figura del
cocinero; y aquí, a mi lado, está de pie el camarero viejo que me sirve, como hace
treinta años, creo, sirve en esta casa. ¿Qué vidas son las de estos hombres? Hace
cuarenta años que aquella figura de hombre vive casi todo el día en una cocina;
tiene unas breves vacaciones; duerme relativamente pocas horas; va de vez en
cuando al pueblo, del que vuelve sin duda y sin pena; almacena lentamente dinero
lento, que no se propone gastar; se pondría enfermo si tuviera que retirarse de su
cocina (definitivamente) para irse a los campos que ha comprado en Galicia
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; está
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«seja» (sea).
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«que vender».
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V. nota 6.
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Probablemente, el autor se refiere a la región portuguesa del Miño.