71
102
En los primeros días del otoño súbitamente entrado, cuando el oscurecer
muestra una evidencia de algo prematuro, y parece que tardamos mucho en lo que
hacemos de día, disfruto, incluso entre el trabajo cotidiano, esta anticipación de no
trabajar que la propia sombra trae consigo, por eso de que es de noche y la noche
es sueños, hogares, liberación. Cuando las luces se encienden en la oficina amplia
que deja de ser oscura, y hacemos tertulia sin que dejásemos de trabajar
113
de día,
siento un consuelo absurdo como un recuerdo de otra persona, y estoy tranquilo
con lo que escribo como si estuviese leyendo hasta sentir que voy a dormirme.
Somos todos esclavos de circunstancias exteriores: un día de sol nos abre
campos anchos en medio de un café de callejuela; una sombra en el campo nos
encoge hacia dentro, y nos abrigamos mal en la casa sin puertas de nosotros
mismos; un llegar de la noche, hasta entre cosas del día, ensancha, como un
abanico [que] se abriese lento, la conciencia íntima de deber descansar.
Pero, con esto, el trabajo no se atrasa: se anima
114
. Ya no trabajamos; nos
recreamos con el asunto al que estamos condenados. Y, de repente, por la hoja
vasta y pautada de mi destino numerador, la casa vieja de las tías antiguas
alberga, cerrada contra el mundo, el té de las diez somnolientas, y la lámpara de
petróleo de mi infancia perdida brillando solamente sobre la mesa lino, me
oscurece, con la luz, la visión de Moreira, iluminado con una electricidad negra a
infinitos más allá de mí. Traen el té —es la criada más vieja que las tías quien lo
trae con los restos del sueño y el mal humor paciente de la ternura del viejo
vasallaje— y yo escribo sin equivocarme una partida o una suma a través de todo
mi pasado muerto. Me reabsorbo, me pierdo en mí, me olvido de las noches
lejanas, impolutas de deber y de mundo, vírgenes de misterio y de futuro.
Y tan suave es la sensación que me enajena del debe y el haber que, si acaso
una pregunta me es hecha, respondo suavemente, como si tuviese hueco mi ser,
como si no fuese más que una máquina de escribir que llevo conmigo, portátil de
mí mismo abierto. No me choca la interrupción de mis sueños: de tan suaves como
son, continúo soñndolos detrás de hablar, escribir, responder, hasta conversar. Y a
través de todo el té perdido termina, y la oficina se va a cerrar... Levanto el libro,
que cierro lentamente, los ojos cansados del llanto que no han llorado, y, en una
mezcla de sensaciones, sufro que, al cerrar la oficina, se me cierre también el
sueño; que, con el gesto de la mano con que cierro el libro, encubra también el
pasado irreparable; que me vaya a la cama sin sueño, sin compaña ni sosiego, en
el flujo y reflujo de mi conciencia mezclada, como dos mareas en la noche negra, al
fin de los destinos de la añoranza y de la desolación.
¿1929?
103
Una ráfaga de sol torvo quemó en mis ojos ¡a sensación física de mirar. Un
amarillo de calor se estancó en el verde oscuro de los árboles. El torpor (...)
113
«continuar trabalhando» (continuar trabajando).
114
«antes se anima».