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aspectos siempre diferentes del gran río
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y de su desembocadura atlántica. En
verdad, al ir, me perdí en meditaciones abstractas, viendo sin ver los paisajes
acuáticos que me alegraba ir a ver, y al volver me he perdido en la fijación de estas
sensaciones. No sería capaz de describir el más pequeño pormenor del viaje, el más
pequeño trecho de visible. He ganado estas páginas por olvido y contradicción. No
sé si eso es mejor o peor que !o contrario, que tampoco sé lo que es.
El tren afloja, es el Caes do Sodré
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. He llegado a Lisboa, pero no a una
conclusión.
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Hoy, como me oprimiese la sensación del cuerpo aquella angustia antigua que
a veces rebosa, no he comido bien, ni he bebido lo de siempre, en el restaurante, o
casa de comidas, en cuyo entresuelo fundamento la continuidad de mi existencia. Y
como al salir yo
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, el camarero comprobase que la botella de vino había quedado
mediada, se volvió hacia mí y dijo: «hasta luego, Sr. Soares, que se mejore».
Al toque de clarín de esta frase sencilla mi alma se alivió como si en un cielo
de nubes las apartase de repente el viento. Y entonces reconocí lo que nunca había
reconocido claramente: que en estos camareros de café o restaurante, en los
barberos, en los mozos de cuerda de las esquinas, yo provoco una simpatía
espontánea, natural, que no puedo enorgullecerme de recibir de los que me tratan
con más intimidad, impropiamente dicha...
La fraternidad tiene sus sutilezas.
Unos gobiernan el mundo, otros son del mundo. Entre un millonario
americano, con bienes en Inglaterra o Suiza, y el jefe Socialista de la aldea no hay
diferencias de calidad, sino de cantidad. Abajo [...] de éstos, nosotros, los amorfos,
el dramaturgo inadvertido William Shakespeare, el maestro de escuela John Milton,
el vagabundo Dante Alighieri, el mozo de cuerda que me hizo ayer el recado, el
barbero que me cuenta chistes, el camarero que acaba de hacerme la fraternidad
de desearme esa mejoría, porque sólo me he bebido la mitad del vino.
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El hombre delgado sonrió indolentemente. Me miró con una desconfianza que
no era malévola. Después sonrió de nuevo, pero con tristeza. Bajó, después, otra
vez, los ojos al plato. Continuó cenando en silencio y absorción.
18-9-1917.
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Los carros de la calle runrunean, ruidos separados, lentos, de acuerdo, parece,
con mi somnolencia. Es la hora del almuerzo pero me he quedado en la oficina. El
día está templado y un poco velado. En los ruidos hay, por alguna razón, que tal
vez sea mi somnolencia, lo mismo que hay en el día.
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El Tajo.
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Muelle sobre el Tajo, al Oeste y muy cerca de la Praça do Comercio, en la
que termina el barrio pombalino.
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Lectura dudosa.