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cielo negro, apretándose, ha descendido más duro
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sobre el sur.
4-4-1930.
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Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra
gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi
conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única. Comprendo bien que el
hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me
ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo
mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de
las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes
dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores , que los representan.
Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona.
Puede conceder que esa persona esté viva, que sienta y piense como él; pero habrá
siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay
figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros
realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por
cima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan,
transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más
que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida.
Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que
están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que
muchas personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica
llamada carne y hueso.
Y «carne y hueso», en efecto, las describe bien: parecen cosas recortadas
puestas en el exterior marmóreo de una carnicería, muertes que sangran como
vidas, piernas y chuletas del Destino.
No me avergüenzo de sentir así porque ya he visto que todos sienten así. Lo
que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que permite
que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los asesinos, o sin
que se piense que se está matando, como entre los soldados, es que nadie presta
la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que los demás también son
almas.
Ciertos días, a ciertas horas, traídas a mí por no sé qué brisa, abiertas a mí
por el abrirse de no sé qué puerta, siento de repente que el tendero de la esquina
es un ente espiritual, que el hortera, que en este momento se inclina a la puerta
sobre el saco de patatas, es, verdaderamente, un alma capaz de sufrir.
Cuando ayer me dijeron que el dependiente de la tabaquería se había
suicidado, sentí una impresión de mentira. ¡Pobrecillo, también existía! Lo
habíamos olvidado, todos nosotros [,] todos nosotros que le conocíamos del mismo
modo que todos los que no le conocieron. Mañana le olvidaremos mejor. Pero que
tenía alma, la tenía, para que se matase ¿Amores? ¿Angustias? Sin duda... Pero a
mí, como a la humanidad entera, me queda sólo el recuerdo de una sonrisa tonta
por cima de una chaqueta de mezclilla, sucia, y desigual en los hombros. Es cuanto
me queda, a mí, de quien tanto sintió que se mató de sentir porque, en fin, de otra
cosa no debe de matarse nadie... Pensé una vez, al comprarle cigarrillos, que se
quedaría calvo pronto. Al final, no ha tenido tiempo de quedarse calvo. Es uno de
los recuerdos que me quedan de él. ¿Qué otro me había de quedar si éste, después
de todo, no es suyo, sino de un pensamiento mío?
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«baixo» (bajo).