Ahora -en lo que hemos analizado como primera parte del «Acto
III»- es Sócrates quien se lanza a un largo discurso, comentando un
poema de Simónides de Ceos. Con la mayor habilidad parodia así uno
de los procedimientos habituales de la Sofística. Los poetas habían sido
los primeros educadores de los griegos, antes de que los sofistas
pretendieran asumir su relevo. La enseñanza moral del texto de
Simónides es distorsionada por los manejos exegéticos de Sócrates
hasta extremos de notoria paradoja. Esta manipulación del texto
comentado tiene algunos rasgos de brillante ironía, como cuando se cita
a los espartanos como los más férvidos amantes del saber y de la dis-
cusión intelectual y se asegura que las expulsiones temporales de
extranjeros de Esparta están justificadas porque los espartanos se
dedican entonces en secreto a verdaderas orgías de intelectualismo y
estudio. En cierto modo, este largo discurso hace pendant al largo
discurso de Protágoras. El sofista había manipulado un mito, y ahora
Sócrates manipula, descaradamente, un poema lírico
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.
Es el propio
Sócrates quien reconoce haber estado jugando hasta llegar al absurdo y
quien propone, recalcando una vez más la oposición de métodos, volver
al coloquio por preguntas y respuestas, en busca de una definición.
De nuevo se reanuda la cuestión sobre la unidad de la virtud, se pone
el ejemplo del valor, y se continúa con el tema, característico de las
encuestas de Sócrates, de la fundamentación de la virtud en el conoci-
miento, y de la moral, por tanto, en una ciencia. Protágoras, un tanto a
su pesar, se ve arrastrado por Sócrates hasta admitir que la virtud
supone el conocimiento. Pero, entonces, advierte Sócrates, tendría que
ser enseñable si es que tiene algo de ciencia.
He aquí que, como Sócrates destaca, parecen haberse invertido las
posiciones iniciales de ambos, porque ahora es Protágoras quien
desconfía que la virtud sea una ciencia susceptible de ser enseñada,
mientras que él se vería abocado a admitirlo.
Habrá que seguir investigando. Protágoras se despide con buenas
palabras y pronostica un brillante futuro al diestro antagonista que ha
encontrado en Sócrates.
8. De todos modos, entre la manipulación del mito de Prometeo por Protágoras (cf. C.
GARCÍA GUAL., Prometeo: mito y tragedia, Madrid, 1980, págs. 52-68) y el descarado
y arbitrario manejo del poema de Simónides, media un largo trecho. Ese es uno de los
pasajes en que algunos modernos estudiosos encuentran «irritante» la conducta de
Sócrates. Pero éste está parodiando, reduciéndolo a caricatura, un procedimiento de la ha-
bitual práctica pedagógica de los sofistas para mostrar que sólo mediante el diálogo
ceñido al tema, sólo mediante su propio método, puede llegarse a resultados
convincentes.
PROTÁGORAS
AMIGO, SÓCRATES
AMIGO. - ¿De dónde sales, Sócrates? Seguro que de una partida de
caza en pos de la lozanía de Alcibíades. Precisamente lo vi yo anteayer
y también- a mí me pareció un bello mozo todavía, aunque un mozo
que, dicho sea entre nosotros, Sócrates, ya va cubriendo de barba su
mentón
1
.
SÓCRATES. - ¿Y qué con eso? ¿No eres tú, pues, admirador de
Homero, quien dijo
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que la más agraciada adolescencia era la del
primer bozo, esa que tiene ahora Alcibíades?
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