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/ Escuela de Filosofía Universidad ARCIS
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de la eternidad que permanece siempre
en un punto una imagen eterna que
marchaba según el número, eso que
llamamos tiempo. Antes de que se
originara el mundo, no existían los días,
las noches, los meses ni los años. Por ello,
planeó su generación al mismo tiempo
que la composición de aquél. Éstas son
todas partes del tiempo y el «era» y el
«será» son formas devenidas del tiempo
que de manera incorrecta aplicamos
irreflexivamente al ser eterno. Pues
decimos que era, es y será, pero según el
razonamiento verdadero sólo le
corresponde el «es», y el «era» y el «será»
conviene que sean predicados de la
generación que procede en el tiempo --
pues ambos representan movimientos,
pero lo que es siempre idéntico e
inmutable no ha de envejecer ni volverse
más joven en el tiempo, ni corresponde
que haya sido generado, ni esté generado
ahora, ni lo sea en el futuro, ni en
absoluto nada de cuanto la generación
adhiere a los que se mueven en lo
sensible, sino que estas especies surgen
cuando el tiempo imita la eternidad y
gira según el número --y, además,
también lo siguiente: lo que ha devenido
es devenido, lo que deviene está
deviniendo, lo que devendrá es lo que
devendrá y el no ser es no ser; nada de
esto está expresado con propiedad. Pero
ahora, quizá, no es el momento oportuno
para buscar exactitud.
El tiempo, por tanto, nació con el
universo, para que, generados
simultáneamente, también desaparezcan
a la vez, si en alguna ocasión tiene lugar
una eventual disolución suya, y fue
hecho según el modelo de la naturaleza
eterna para que este mundo tuviera la
mayor similitud posible con el mundo
ideal pues el modelo posee el ser por
toda la eternidad, mientras que éste es y
será todo el tiempo completamente
generado. La decisión divina de crear el
tiempo hizo que surgieran el sol, la luna
y los otros cinco cuerpos celestes que
llevan el nombre de planetas para que
dividieran y guardaran las magnitudes
temporales. Después de hacer el cuerpo
de cada uno de ellos, el dios los colocó en
los circuitos que recorría la revolución de
lo otro, siete cuerpos en siete circuitos, la
luna en la primera órbita alrededor de la
tierra, el sol, en la segunda sobre la tierra
y el lucero y el que se dice que está
consagrado a Hermes, en órbitas que
giran a la misma velocidad que la del Sol
pero con una fuerza contraria a él, razón
por la que regularmente se superan unos
a otros el sol, el planeta de Hermes y el
lucero. Si alguien quisiera detallar dónde
colocó los restantes planetas y todas las
causas por las que así lo hizo, la
argumentación, aunque secundaria,
presentaría una dificultad mayor que la
que merece su objeto. No obstante, quizá
más tarde, con tranquilidad, podamos
explicarlo de manera adecuada. Una vez
que cada uno de los que eran necesarios
para ayudar a crear el tiempo estuvo en
la revolución que le correspondía y, tras
sujetar sus cuerpos con vínculos
animados, fueron engendrados como
seres vivientes y aprendieron lo que se
les ordenó, comenzaron a girar según la
revolución de lo otro, que en un curso
oblicuo cruza la de lo mismo y es
dominada por ella. Unos recorren un
círculo mayor y otros, uno menor; los del
menor tienen revoluciones más rápidas,
los del mayor más lentas. Como giran
alrededor de la revolución de lo mismo,
los más rápidos parecen ser superados