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/ Escuela de Filosofía Universidad ARCIS
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para las sustancias térreas y las de agua y
muy amplias para las ígneas y aéreas, por
ello nunca se percibe el olor de ninguna
de ellas, sino que los olores se producen
cuando algo se humedece, pudre, funde
o humea. Se originan, efectivamente,
cuando el agua se convierte en aire y el
aire, en agua, al alcanzar la figura
intermedia entre estos dos elementos.
Todos los olores son humo o niebla; ésta
nace durante el pasaje del aire al agua y
aquél en el del agua al aire. Por eso, todos
los olores son más finos que el agua, pero
más gruesos que el aire. Esto se hace
evidente cuando un objeto obstaculiza la
inspiración y se hace entrar el aire con
violencia, entonces no se filtra ningún
olor y pasa sólo el aire limpio de olores.
Sus dos variedades, que carecen de
nombre, no las constituyen muchas
especies simples, sino que aquí hay que
dividir claramente sólo en dos clases: lo
placentero y lo doloroso. Éste hace áspera
y violenta toda la cavidad que poseemos
entre la cabeza y el ombligo, aquél la
tranquiliza y la retorna amablemente a la
situación que le es natural.
Debemos tratar ahora en nuestra
investigación nuestro tercer sentido, el
oído: por qué causas se producen sus
procesos. Supongamos, en general, por
un lado, la voz, transmitida por el aire
como un golpe a través de las orejas, del
cerebro y de la sangre hasta el alma y,
por otro, el movimiento comenzado por
ella, a partir de la cabeza y que termina
en la sede hepática: la audición. Cuando
es rápida, es aguda; si es más lenta, es
más grave, y la regular es uniforme y
suave; la contraria, áspera; potente, la
que es abundante, y la opuesta, débil. La
armonía de estos movimientos debe ser
considerada en lo que ha de ser tratado
más adelante.
Nos resta aún un cuarto sentido
que debemos dividir porque posee en sí
esas grandes variedades que llamamos
colores, llama que fluye de cada uno de
los cuerpos y con sus partículas
proporcionales a nuestra visión posibilita
la percepción. Antes se habló de las
causas que producían el rayo visual. Pero
aquí sería más lógico y conveniente a un
discurso apropiado discurrir acerca de
los colores de la siguiente manera. Las
partículas que proceden de los otros
cuerpos y afectan la visión son, unas,
menores, otras, mayores y otras, iguales a
las partículas visuales propiamente
dichas. Las iguales son imperceptibles,
las que denominamos transparentes; en
cuanto a las mayores y las menores,
aquéllas contraen el rayo visual, éstas lo
dilatan, similares a los calores y fríos en
la carne, a las sustancias astringentes en
la lengua y a todo lo que llamamos
punzante por producir calor; lo blanco y
negro, aunque son los mismos
fenómenos que aquéllos, parecen
diferentes por darse en otro nivel. Hay
que designarlos como sigue: lo que tiene
la propiedad de dilatar el rayo visual es
blanco; negro, su contrario. El
movimiento más agudo, perteneciente a
otro género de fuego, que dilata el rayo
visual hasta los ojos, abre con violencia
sus salidas y las funde en una masa de
fuego y agua, que llamamos lágrima
cuando desde allí se vierte. La misma es
fuego y se encuentra con fuego que
avanza desde el lado contrario. Cuando
un fuego salta como un rayo mientras
otro entra y se apaga en la humedad y, en
esta conmoción, nacen múltiples colores,
llamamos a este fenómeno destellos y