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se debía poner, y habían tantos otros problemas del mismo género.
En todo caso algo era cierto, en ese momento: no debe contarse
por sí misma la platería, ¿verdad?
"De modo que deja eso, mamá, te lo ruego".
La opulenta matrona en raso negro se retiró. En el fondo,
despreciaba un poco a su León. ¿Por qué no había adquirido un
título más reluciente y cuyo brillo se reflejara también sobre ella?
"¡Cónsul! ¿Y yo?"-se decía-. Era vergonzoso. Sin embargo se retiró.
León descuidó vigilar sus manos y las encontró de pronto ocupadas
en manipular cucharas de plata. "25, 28, 29", contaba, como si
hubiera recitado versos. Oyó de súbito un grito penetrante. "¿Qué
es lo que pasa?" -exclamó-, con grosería, como si estuviera detrás
de un mostrador de mercader.
"30, 32", contaba maquinalmente.
No habiendo recibido ninguna respuesta, comprendió que sólo
podría contar hasta la tercera docena y, rechazando la 35, atravesó
corriendo el salón amarillo, el salón de juegos y el salón verde.
Ante la puerta acristalada que se abría sobre el dormitorio de su
madre, estaba desplomado una forma negra. Era ella, la mujer sin
título. Gemía. Intentó primero reanimarla; pero de pronto renunció a
esa tentativa y, espantado, miró a través de los cristales de la
puerta. Como luchando contra la penumbra, una alta y blanca forma
se adelantaba tanteando a lo largo de la pared, se inclinaba, se
hundía en las tinieblas, luego reaparecía, imprecisa como un
enorme fuego fatuo.
León comprendió, no por un razonamiento, sino por el miedo que
experimentó, que aquello era aparentemente algún difunto y lejano
abuelo de los Felderode; después
pensó que ese hecho sin precedentes era particularmente peligroso
porque no se había borrado el escudo de armas condal del techo ni
de las sillas. Ese fantasma no podía, pues, sospechar que el castillo
había sido vendido. De ello se seguirían complicaciones
interminables. A pesar de la rareza del acontecimiento, el cónsul
olvidó durante algunos instantes su propia situación y examinó
todas las posibilidades. Una aparición diabólica, tal fue su
conclusión. Lo que dura un segundo pensó en precipitarse en la
capilla del castillo, pero advirtió que era demasiado novicio y muy
inexperto en las cosas del cristianismo para mostrarse a la altura de
una situación tan difícil.
En el mismo instante en que recibió a su pobre madre entre sus
brazos, la decoración cambió en el interior de la pieza. Se oyó
pronunciar una suerte de violenta fórmula mágica y de inmediato la