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-"Echa eso afuera... ese miserable... ese holgazán..." Trataba de
excusarse a los ojos de su madre con su cólera.
Pero Federico estuvo de pronto ante él, rígido y severo como un
tribunal. Tenía puesto un dedo atento sobre sus labios discretos.
Con ese gesto expulsó suavemente a su amo del dormitorio, volvió
a cerrar con cuidado la puerta acristalada, hizo caer la mampara, y
apagó despaciosamente las cuatro bujías del candelabro, una tras
otra. La madre y el hijo acompañaban todos sus gestos con mudas
interrogaciones.
Entonces el viejo servidor se inclinó respetuosamente ante su amo
y anunció, como se anuncia una visita:
--Su Excelencia el conde Pablo Felderode, comandante de
caballería retirado.
El cónsul quiso hablar, pero le faltó la voz. Se pasó varias veces el
pañuelo por la frente. No se atrevía a mirar a su madre. Pero sintió
de pronto que la anciana le tomaba la mano y la retenía dulcemente
en la suya. Esa pequeña ternura lo conmovió. Ella unía a esos dos
seres y los elevaba por encima de la vida cotidiana, haciéndolos
participar un instante del destino de todos aquellos que están sin
hogar.
Federico se inclinó otra vez, más profundamente que antes, y dijo:
-¿Puedo hacer aprestar las habitaciones de los amigos?
Enseguida apagó la luz en el salón verde y siguió a sus amos
caminando sobre la punta de los pies.
F I N