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cada uno de su lado, como separados por alguna irremediable
enemistad, un antiguo libro de plegarias más negro aún, y, más
lejos, dos pañuelos muy blancos brillaban en medio de todo ese
duelo como una pareja de caballos blancos enganchados a la
carroza fúnebre de una muchacha.
La tía contempló esos objetos con una mirada sorprendida, y todas
las arrugas reaparecieron, como sombrías orugas, en su viejo
rostro. Calculó: lunes 12, martes 13, miércoles 14, jueves 15,
viernes 16. Y con un meneo de cabeza laso y resignado comprobó:
hoy justamente, 16 de abril, viernes, es el séptimo aniversario de mi
difunto hermano, el inspector de finanzas Johann August
Erdmanner. Él tenía tres años más que ella y al morir en el rigor de
los cincuenta, munido de los santos sacramentos, había dejado una
viuda inconsolable y dos hijos menores. Había muerto por la tarde,
a las cuatro, en el preciso instante en que todos habían salido para
ir a tomar una taza de café. Y la habitación iluminada por un rayo
de sol se desvaneció en los ojos de la vieja señorita. Recordó al
excelente Johann, magro y reseco, y la joven viuda que había vivido
apenas cinco años a su lado, y el doctor de cara purpúrea. (Y
Herminia, la viuda, que osaba pretender que ese no bebía!) ¡Y la
religiosa, que también entendía de tirar las cartas, en cruz ! ¡Sí,
ciertamente, las cartas le enseñaban todo a esa! ¡Y todo había sido
tan hermoso al día siguiente! Aquellas columnas enteras en los
diarios, y las visitas: todos esos rostros graves y bañados de
lágrimas, la mezquina corona del avaro del propietario y todas las
demás bellas; coronas. ¡Sí, había tenido un magnífico entierro el
señor inspector de finanzas Johann August Erdmanner! Y se
conmemoraba dignamente cada año el aniversario de su muerte. A
las diez, toda la familia, con gran duelo, se reunía en la iglesia de la
Asunción, con guantes negros, mejillas pálidas y ojos enrojecidos. Y
durante todo el día, todos hablaban en voz baja y ronca, como
ahogada, y se hacían solemnes signos de cabeza. Cuando
penetraban en la cavernosa iglesia, agradecían a las viejas que
tenían las hojas de la puerta, con una voz alterada por la emoción, y
sumergían tan largamente sus guantes negros en el agua bendita
que cada señal de la cruz dejaba al punto marcas negras sobre sus
rostros sobresaltados y resignados. Los pañuelos blancos bajo los
dedos doblados tenían el aire de asechar el momento de ser
llevados a los ojos desbordantes de lágrimas. Tenían frecuente
ocasión para ello. En el fresco rostro del propio sacerdote se
dibujaban algunas arrugas dolorosas alrededor de los labios hartos,
y se hubiera dicho que recogía con lengua recalcitrante las últimas
gotas de un brebaje agrio. Cuando, un poco más tarde, descendía