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por darme pena mayor?
¿Qué le queda a tu rigor
que emprender en daño mío?
Sale BELTRÁN
BELTRÁN: ¡Famoso Conde!
CARLOS: ¡Beltrán!
¿Qué hay del examen?
BELTRÁN: Señor,
hoy de todo pretensor
los méritos se verán.
CARLOS: ¿Qué ha sentido la Marquesa
del cartel que he publicado?
BELTRÁN: La gentileza ha estimado
con que vuestro amor no cesa
de obligarla.
CARLOS: Su rigor
a lo menos no lo muestra.
BELTRÁN: No os quejéis; que culpa es vuestra
conquistar ajeno amor,
ingrato a quien os adora
y por vos vive muriendo.
CARLOS: ¿Qué decís, que no os entiendo?
BELTRÁN: La Marquesa, mi señora,
lo sabe ya todo: en vano
os hacéis desentendido.
CARLOS: ¡Decid, por Dios! ¿Qué ha sabido?
Del secreto os doy la mano,
si es que os recatáis por eso.
Solos estamos los dos.
BELTRÁN: Ha sabido que por vos
pierde doña Blanca el seso.
CARLOS: ¿Qué doña Blanca?
BELTRÁN: De Herrera,
la hija de don Fernando.
CARLOS: Lo que os estoy escuchando
es ésta la vez primera
que a mi noticia llegó.
BELTRÁN: ¡Bien, por Dios!
CARLOS: Él es testigo
de que la verdad os digo.
BELTRÁN: Pues, que lo sepáis o
no, por vos vive en tal
tormento y en tanto fuego abrasada
Blanca, que desesperada
quiere entrarse en un convento.
CARLOS: ¿Por mí?
BELTRÁN: Por vos.
CARLOS: Mirad bien
que os engañáis.
BELTRÁN: Ni yo dudo
quién sois, ni engañarse pudo
quien lo dijo.
CARLOS: ¿Pues de quién
lo sabéis que no podía
engañarse?
BELTRÁN: Helo sabido