nada: mirando ya un árbol, ya un chico que juega por ahí y rememorando,
gracias a ese niño, remotos y ahora increíbles días de la Selva Negra o de una
callejuela de Pontevedra que baja hacia el sur; mientras sus ojos se nublan un
poco más, acentuando ese brillo lacrimoso que tienen los ojos de los ancianos y
que nunca se sabrá si se debe a causas puramente fisiológicas o si, de alguna
manera, es consecuencia del recuerdo, la nostalgia, el sentimiento de frustración
o la idea de la muerte, o de esa vaga pero irresistible melancolía que siempre
nos suscita a los hombres la palabra FIN colocada al término de una historia que
nos ha apasionado por su misterio y su tristeza. Lo que es lo mismo que decir la
historia de cualquier hombre, pues ¿qué ser humano existe cuya historia no sea
en definitiva triste o misteriosa?
Pero no siempre los hombres sentados y pensativos son viejos o jubilados.
A veces son hombres relativamente jóvenes, individuos de treinta o cuarenta
años. Y, cosa curiosa y digna de ser meditada (pensaba Bruno), resultan más
patéticos y desvalidos cuando más jóvenes son. Porque ¿qué puede haber de más
pavoroso que un muchacho sentado y pensativo en un banco de plaza, agobiado
por sus pensamientos, callado y ajeno al mundo que lo rodea? En ocasiones, el
hombre o muchacho es un marinero; en otras es acaso un emigrado que querría
volver a su patria y no puede; muchas veces son seres que han sido abandonados
por la mujer que querían; otras, seres sin capacidad para la vida, o que han
dejado su casa para siempre o meditan sobre su soledad y su futuro. O puede ser
un muchachito como el propio Martín, que empieza a ver con horror que el
absoluto no existe.
O también puede ser un hombre que ha perdido a su hijo y que, de vuelta
del cementerio, se encuentra solo y siente que ahora su existencia
carece de
sentido, reflexionando que mientras tanto hay hombres que ríen o son felices por
ahí (aunque sea momentáneamente felices), niños que juegan en el parque, allí
mismo (los está viendo), en tanto que su propio hijo está ya bajo tierra, en un
ataúd pequeño adecuado a la pequeñez de su cuerpo que quizá, por fin, había
dejado de luchar contra un enemigo atroz y desproporcionado. Y ese hombre
sentado y pensativo medita nuevamente, o por primera vez, en el sentido general
del mundo, pues no alcanza a comprender por qué su niño ha tenido que morir
de semejante manera, por qué ha de pagar alguna remota culpa de otros con
sufrimientos inmensos, angustiado su pequeño corazón por la asfixia o la
parálisis, luchando desesperadamente, sin saber por qué, contra las sombras
negras que comienzan a abatirse sobre él.
Y ese hombre sí que es un desamparado. Y, cosa singular, puede no ser
pobre, hasta es posible que sea rico, y hasta podría ser el Gran Banquero que
planeaba la formidable Operación con divisas fuertes, a la que se habrá referido
antes con desdén e ironía. Desdén e ironía (ahora le era fácil entender) que,
como siempre, resultaban excesivos y en definitiva injustos. Pues no hay
hombre que en última instancia
merezca
el desdén y la ironía; ya que, tarde o
temprano, con divisas fuertes o no, lo alcanzan las desgracias, las muertes de sus
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