Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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Mujeres lúbricas, que la voluptuosa Saint Ange sea vuestro modelo; a ejemplo su-
yo despreciad cuanto contraría las leyes divinas del placer, que la encadenaron to-
da su vida.
Muchachas demasiado tiempo contenidas en las ataduras absurdas y peligrosas
de una virtud fantástica y de una religión repugnante, imitad a la ardiente Eugenia;
destruid, pisotead, con tanta rapidez como ella, todos los preceptos ridículos incul-
cados por imbéciles padres.
Y a vosotros, amables disolutos, vosotros que desde vuestra juventud no tenéis
más freno que vuestros deseos ni otras leyes que vuestros caprichos, que el cínico
Dolmancé os sirva de ejemplo; id tan lejos como él si como él queréis recorrer to-
dos los caminos de flores que la lubricidad os prepara; a enseñanza suya, conven-
ceos de que sólo ampliando la esfera de sus gustos y de sus fantasías y sacrificando todo a
la voluptuosidad es como el desgraciado individuo conocido bajo el nombre de hombre y
arrojado a pesar suyo sobre este triste universo, puede lograr sembrar algunas rosas en
las espinas de la vida.
LA FILOSOFÍA EN EL TOCADOR
o
Los preceptores inmorales
DIÁLOGOS
Destinados a la educación de las jóvenes
Señoritas
Primer Dialogo
SEÑORA DE SAINT-ANGE,
EL CABALLERO DE MIRVEL
SRA. DE SAINT-ANGE: Buenos días, hermano. Y bien, ¿el señor Dolmancé?
EL CABALLERO: Llegará a las cuatro en punto y no cenaremos hasta las siete; co-
mo ves, tendremos tiempo de sobra para charlar.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¿Sabes, hermano, que estoy algo arrepentida de mi curiosi-
dad y de todos los proyectos obscenos formados para hoy? En verdad, amigo mío, que
eres demasiado indulgente; cuanto más razonable debiera ser, más se excita y vuelve li-
bertina mi maldita cabeza: me lo pasas todo, y eso sólo sirve para echarme a perder... A
los veintiséis años ya debiera ser devota, y no soy aún sino la más desenfrenada de las
mujeres... Es imposible hacerse una idea de lo que concibo, amigo mío, de lo que que-
rría hacer. Pensaba que limitándome a las mujeres me volvería prudente..., que mis de-
seos concentrados en mi sexo no se exhalarían ya hacia el vuestro; proyectos quiméri-
cos, amigo mío; los placeres de que quería privarme no han venido sino a ofrecerse con
más ardor a mi imaginación, y he visto que cuando, como yo, se ha nacido para el liber-
tinaje, es inútil pensar en imponerse frenos: fogosos deseos los rompen al punto. En fin,