Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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dueño de sus gustos? Hay que compadecer a quienes los tienen singulares, pero no in-
sultarlos nunca; su error es el de la naturaleza; no eran dueños de llegar al mundo con
gustos diferentes, como nosotros no lo somos de nacer patituertos o bien hechos. Ade-
más, ¿os dice un hombre algo desagradable al testimoniaros el deseo que tiene de gozar
de vosotros? Indudablemente, no: es un cumplido que os hace; ¿por qué, pues, respon-
der entonces con injurias o insultos? Sólo los tontos pueden pensar así; jamás un hom-
bre razonable hablará de esta materia de modo distinto a como yo lo hago; pero es que
el mundo está poblado de sandios imbéciles que creen injuria el declararles que uno los
encuentra idóneos para los placeres, y que, echados a perder por las mujeres, siempre
celosas de cuanto parece atentar contra sus derechos, se imaginan los quijotes de esos
derechos ordinarios, brutalizando a quienes no reconocen toda su extensión.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Ay, amigo mío, bésame! No serías tú mi hermano si pen-
saras de otro modo; pero, te lo ruego, dame unos pocos detalles tanto sobre el físico de
ese hombre como sobre sus placeres contigo.
EL CABALLERO: El señor Dolmancé estaba enterado por uno de mis amigos del so-
berbio miembro de que sabes que estoy dotado; comprometió al marqués de V.. a invi-
tarme a cenar a su casa. Una vez allí, fue preciso exhibir lo que yo llevaba; la cu-
riosidad pareció ser al principio el único motivo; un culo muy hermoso que se me puso
delante, y del que se me rogó que gozara, me hizo ver al punto que sólo el gusto había
tenido parte en aquel examen. Previne a Dolmancé de todas las dificultades de la em-
presa: nada lo asustó: «Soy a prueba de ariete -me dijo-, y no tendréis siquiera la gloria
de ser el más temible de los hombres que perforaron el culo que os ofrezco.» El mar-
qués estaba allí; él nos alentaba toqueteando, manoseando, besando todo lo que uno y
otro sacábamos a la luz. Me preparo... quiero por lo menos algunos preparativos:
«¡Guardaos bien de ello! -me dice el marqués-; le privaríais de la mitad de las sensacio-
nes que Dolmancé espera de vos; quiere que le atraviesen, quiere que le desgarren.»
«¡Será satisfecho!», digo yo hundiéndome ciegamente en el abismo... ¿Y puedes creer,
hermana mía, que no me costó apenas?... Ni un lamento; mi polla, con lo enorme que
es, se hundió sin que me diera cuenta, y toqué el fondo de sus entrañas sin que el maldi-
to pareciese sentirlo. Traté a Dolmancé como amigo; la excesiva voluptuosidad que él
gustaba, sus meneos, sus deliciosas palabras, todo me hizo feliz pronto a mí también, y
lo inundé. Apenas estuve fuera, Dolmancé, volviéndose desenfrenado hacia mí, rojo
como una bacante: «Ves el estado en que me has puesto, querido caballero? -me dijo
ofreciéndome una polla seca y amotinada, muy larga y de seis pulgadas por lo menos de
contorno-; amor mío, por favor, dígnate servirme de mujer después de haber sido mi
amante, y así podré decir que he saboreado en tus brazos divinos todos los placeres del
gusto que con tanta imperiosidad ansío.» Encontrando tan pocas dificultades en lo uno
como en lo otro, me presté; el marqués, quitándose los calzones ante mis ojos, me con-
juró a que yo tuviera a bien ser aún algo hombre con él mientras iba a ser la mujer de su
amigo; le traté como a Dolmancé, el cual, devolviéndome centuplicadas todas las sacudi-
das con que yo abrumaba a nuestro tercero, muy pronto exhaló al fondo de mi culo ese
licor encantador con el que yo rociaba, casi al mismo tiempo, el de V..
SRA. DE SAINT-ANGE: Hermano mío, debes de haber gozado los mayores placeres
al encontrarte entre dos de esa manera; dicen que es delicioso.
EL CABALLERO: Muy cierto, ángel mío, es el mejor sitio; pero se diga lo que se diga,
todo eso no son más que extravagancias que nunca preferiré al placer de las mujeres.