Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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SRA. DE SAINT-ANGE: Pues bien, querido mío, para recompensar hoy tu delicada
complacencia, voy a entregar a tus ardores una jovencita virgen, y más hermosa que el
Amor.
EL CABALLERO: ¿Cómo? Con Dolmancé... ¿haces venir una mujer a tu casa?
SRA. DE SAINT-ANGE: Se trata de una educación: es una jovencita que conocí en el
convento el pasado otoño, mientras mi marido estaba en las aguas. Allí no pudimos nada,
no nos atrevimos a nada, demasiados ojos estaban fijos en nosotras, pero nos prometimos
reunirnos cuando fuera posible; ocupada únicamente por ese deseo, para satisfacerlo trabé
conocimiento con su familia. Su padre es un libertino... al que he cautivado. Por fin viene
la hermosa, la espero; pasaremos dos días juntas..., dos días deliciosos; la mejor parte de
ese tiempo la emplearé en educar a esta personilla. Dolmancé y yo meteremos en esa lin-
da cabecita todos los principios del libertinaje más desenfrenado, la abrasaremos con
nuestros fuegos, la alimentaremos con nuestra filosofía, la inspiraremos nuestros deseos,
y como quiero unir un poco de práctica a la teoría, como quiero que se demuestre a medi-
da que se diserta, he destinado para ti, hermano mío, la cosecha de los mirtos de Citerea,
para Dolmancé la de las rosas de Sodoma. Tendré dos placeres a la vez: el de gozar yo
misma de esas voluptuosidades criminales y el de dar las lecciones, el de inspirar los gus-
tos a la amable inocente que atraigo a nuestras redes. Y bien, caballero, ¿es digno de mi
imaginación este proyecto?
EL CABALLERO: No puede ser concebido más que por ella; es divino, hermana mía,
y te prometo cumplir a las mil maravillas el encantador papel que me destinas. ¡Ah, bri-
bona, cómo vas a gozar con el placer de educar a esa niña! ¡Qué delicias para ti al co-
rromperla, al ahogar en ese joven corazón todas las semillas de virtud y de religión que
pusieron en él sus institutrices! En verdad que es demasiado vicioso para mí.
SRA. DE SAINT-ANGE: Ten por seguro que no ahorraré nada para pervertirla, para
degradarla, para echar por tierra en ella todos los falsos principios de moral con que
hayan podido aturdirla; en dos lecciones quiero volverla tan malvada como yo..., tan im-
pía..., tan corrompida. Prevén a Dolmancé, ponle al tanto en cuanto llegue, para que el
veneno de sus inmoralidades, al circular en ese joven corazón junto con el que yo lance
en él, logre desarraigar en pocos instantes todas las semillas de virtud que podrían germi-
nar sin nosotros.
EL CABALLERO: Era imposible encontrar un hombre mejor para lo que necesitabas:
la irreligión, la impiedad, la inhumanidad, el libertinaje, fluyen de los labios de Dolmancé
como antaño la unción mística de los del célebre arzobispo de Cambrai
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; es el seductor
más profundo, el hombre más corrompido, el más peligroso... ¡Ay, querida amiga, que tu
alumna responda a los cuidados del preceptor y te garantizo que pronto estará perdida!
SRA. DE SAINT- ANGE: Me parece que no tardará mucho con las disposiciones que
sé que tiene... EL CABALLERO: Pero, dime, querida hermana, ¿no temes nada de los
padres? ¿Y si esa jovencita habla al volver a su casa?
SRA. DE SAINT-ANGE: No temo nada, he seducido al padre..., es mío. ¿Tendré que
confesártelo? Me he entregado a él para cerrarle los ojos; ignora mis designios, pero nun-
ca se atreverá a profundizar en ellos... Lo tengo.
EL CABALLERO: ¡Tus medios son horribles!
SRA. DE SAINT-ANGE: Así han de ser para que resulten seguros.
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Se trata de Fénelon, a cuya «unción mística» alude Sade. [Nota del T.]