Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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EL CABALLERO: Y dime, por favor, ¿cómo es esa joven?
SRA. DE SAINT-ANGE: Se llama Eugenia, y es la hija de un tal Mistival, uno de los
recaudadores
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más ricos de la capital, de unos treinta y seis años; la madre tiene todo lo
más treinta y dos, y la muchacha, quince. Mistival es tan libertino como su mujer devota.
En cuanto a Eugenia, sería en vano, amigo mío, que tratara de pintártela: está por encima
de mis pinceles; bástete estar convencido de que ni tú ni yo hemos visto nunca algo tan
delicioso en el mundo.
EL CABALLERO: Pero esbózamela al menos, si no puedes pintármela, para que, sa-
biendo aproximadamente con quién tengo que habérmelas, llene mejor mi imaginación
con el ídolo en que debo sacrificar.
SRA. DE SAINTANGE: Bueno, amigo mío: sus cabellos castaños, que a duras penas
caben en el puño, le bajan hasta las nalgas; su tez es de una blancura resplandeciente, su
nariz algo aguileña, sus ojos de un negro de ébano y de un ardor... ¡Oh, amigo mío, es
imposible resistir a esos ojos! ¡No imaginaríais siquiera todas las tonterías que me han
hecho hacer!... ¡Si vieras las lindas cejas que los coronan..., los interesantes párpados que
los bordean!... Su boca es muy pequeña, sus dientes soberbios, y todo ello de una frescu-
ra... Una de sus bellezas es la elegante manera en que su hermosa cabeza está unida a sus
hombros, el aire de nobleza que tiene cuando la vuelve... Eugenia es alta para su edad: se
la echarían diecisiete años; su talle es un modelo de elegancia y de finura, sus pechos de-
liciosos... ¡Son, desde luego, dos tetitas más hermosas!... ¡Apenas hay con qué colmar la
mano, pero tan dulces..., tan frescas..., tan blancas!... ¡Veinte veces he perdido la cabeza
besándolas! ¡Y si hubieras visto cómo se animaba con mis caricias..., cómo sus dos gran-
des ojos me pintaban el estado de su alma!... Amigo mío, no sé cómo es el resto. ¡Ay, a
juzgar por lo que conozco, jamás el Olimpo tuvo divinidad que pudiera comparársele!...
Pero ya la oigo..., déjanos, sal por el jardín para no encontrarte con ella y sé puntual a la
cita.
EL CABALLERO: El cuadro que acabas de hacerme te responde de mi puntualidad...
¡Oh, cielos! ¡Salir..., dejarte en el estado en que estoy!... Adiós..., un beso, un beso sola-
mente, hermana mía, para satisfacerme al menos hasta entonces. (Ella lo besa, toca su
polla a través del calzón, y el joven sale precipitadamente.
Segundo Diálogo
SEÑORA DE SAINT-ANGE, EUGENIA.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Eh! Buenos días, hermosa mía; te esperaba con una impa-
ciencia que fácilmente adivinarás si lees en mi corazón.
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En el texto, traitant, que el Diccionario Littré define como: «Aquel que se encarga de la cobranza de
los dineros públicos en las condiciones reguladas por un tratado.» La elección de este cargo para Mistival
no debe ser ajena a lo que de los «recaudadores» dice Montesquieu en L'Esprit des lois: los recaudadores
romanos «eran ávidos, sembraban desgracias sobre las desgracias y hacían nacer las necesidades públicas
de las necesidades públicas... Los recaudadores no tienen por destino más que la riqueza; no merecen ni la
gloria y el honor de la nobleza, ni el respeto y la consideración de los magistrados» (XI, 18, y XIII, 20).
[Nota del T]