Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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EUGENIA: ¡Oh, no, no, os lo suplico!
SRA. DE SAINT-ANGE: No, Dolmancé..., no quiero que veáis todavía... un objeto
cuyo poder es demasiado imperioso sobre vos para que, teniendo lo metido en la ca-
beza, podáis luego razonar con sangre fría. Necesitamos de vuestras lecciones, dád-
noslas, y los mirtos que queréis coger formarán luego vuestra corona.
DOLMANCÉ: Sea, pero para demostrar, para dar a esta hermosa criatura las prime-
ras lecciones del libertinaje, es necesario, señora, que por lo menos vos tengáis la
bondad de prestaros.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡En buena hora!... ¡Bien, mirad, heme aquí completa-
mente desnuda: disertad sobre mí cuanto queráis!
DOLMANCÉ: ¡Ah, qué bello cuerpo! ¡Es la misma Venus... embellecida por las
Gracias!
EUGENIA: ¡Oh, querida amiga, qué atractivos! Déjame recorrerlos a placer, dé-
jame cubrirlos de besos. (Lo hace.)
DOLMANCÉ: ¡Qué disposiciones tan excelentes! Un poco menos ardor, bella Eu-
genia; sólo es atención lo que os pido por ahora.
EUGENIA: Vamos, escucho, escucho... Es que es tan hermosa..., tan rolliza, tan
fresca... ¡Ay!, qué encantadora es mi amiga, ¿verdad, señor?
DOLMANCÉ: Es bella, decididamente..., perfectamente bella; pero estoy conven-
cido de que vos no le vais a la zaga... Vamos, escuchadme, linda alumnita, porque si
no sois dócil usaré con vos los derechos que ampliamente me concede el título de
preceptor vuestro.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Oh, sí, sí, Dolmancé, os la entrego; debéis reñirla mu-
cho si no es prudente.
DOLMANCÉ: Bien podría no quedarme sólo en reprimendas.
EUGENIA: ¡Oh, justo cielo! Me asustáis. ¿Y qué haríais entonces, señor?
DOLMANCÉ, balbuceando y besando a Eugenia en la boca: Castigos..., palizas, y
ese lindo culito bien podría responderme de las faltas de la cabeza. (Se lo palmea a
través de la túnica de gasa con que ahora está vestida Eugenia.)
SRA. DE SAINT-ANGE: Sí, apruebo el proyecto, pero no lo demás. Comencemos
nuestra lección, o el poco tiempo que tenemos para gozar de Eugenia va a pasar en
preliminares, y no se hará su instrucción.
DOLMANCÉ, que va tocando, sobre la Sra. de Saint-Ange, todas las partes que cita:
Comienzo. No hablaré de estos globos de carne: sabéis tan bien como yo que los llaman
indistintamente pechos, senos, tetas; su uso es de gran virtud en el placer; un amante los
tiene ante los ojos cuando goza; los acaricia, los palpa, algunos incluso hacen de ellos la
sede del goce y, anidando su miembro entre los dos montes de Venus, que la mujer cierra
y comprime sobre ese miembro, al cabo de unos pocos movimientos algunos hombres
logran derramar ahí el bálsamo delicioso de la vida, derrame que constituye la mayor di-
cha de los libertinos... Pero ¿no sería mejor, señora, dar una disertación a nuestra cole-
giala sobre ese miembro al que habrá que citar constantemente?
SRA. DE SAINT ANGE: Así lo creo.
DOLMANCÉ: Pues bien, señora, voy a tenderme sobre ese canapé; vos os situaréis a
mi lado, os apoderaréis del sujeto, y explicaréis vos misma sus propiedades a nuestra jo-
ven alumna. (Dolmancé se coloca y la Sra. de Saint Ange muestra.)