Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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SRA. DE SAINTANGE: Este cetro de Venus que ves ante tus ojos, Eugenia, es el pri-
mer agente de los placeres en amor; se le llama miembro por excelencia; no hay ni una
sola parte del cuerpo donde no se introduzca. Siempre dócil a las pasiones de quien lo
mueve, suele anidar aquí (toca el coño de Eugenia): es su ruta ordinaria..., la más usual,
pero no la más agradable; buscando un templo más misterioso, es con frecuencia aquí
(separa sus nalgas y muestra el agujero de su culo) donde el libertino busca gozar: ya
volveremos sobre ese goce, el más delicioso de todos; la boca, el seno, las axilas, también
le presentan a menudo altares donde arde su incienso; en fin, cualquiera que sea el lugar
que prefiera, tras ser agitado unos instantes se le ve lanzar un licor blanco y viscoso cuyo
derramamiento sume al hombre en un delirio lo bastante vivo para procurarle los placeres
más dulces que pueda esperar de su vida.
EUGENIA: ¡Oh, cuánto me gustaría ver correr ese licor!
SRA. DE SAINT-ANGE: Podría hacerlo mediante la simple vibración de mi mano;
¿veis cómo se irrita a medida que lo sacudo? Estos movimientos se llaman masturbación
y, en términos de libertinaje, esta acción se llama menearla.
EUGENIA: ¡Oh, querida amiga, déjame menear ese hermoso miembro!
DOLMANCÉ: ¡No aguanto más! Dejadla hacer, señora: esa ingenuidad me la pone
horriblemente tiesa.
SRA. DE SAINT-ANGE: Me opongo a tal efervescencia. Dolmancé, sed prudente: al
disminuir el derrame de esa semilla la actividad de vuestros espíritus animales aminoraría
el calor de vuestras disertaciones.
EUGENIA, manipulando los testículos de Dolmancé: ¡Oh, qué molesta estoy, querida
amiga, por la resistencia que pones a mis deseos!... Y estas bolas, ¿cuál es su uso y cómo
se llaman?
SRA. DE SAINT-ANGE: La palabra técnica es cojones..., testículos es la del arte. Es-
tas bolas encierran el depósito de esa semilla prolífica de que acabo de hablarte, y cuya
eyaculación en la matriz de la mujer produce la especie humana; pero nos basaremos po-
co en estos detalles, Eugenia, que dependen más de la medicina que del libertinaje. Una
muchacha bonita no debe preocuparse más que de joder, nunca de engendrar. Pasaremos
por alto todo lo que atañe al insulso mecanismo de la procreación, para fijarnos principal
y únicamente en las voluptuosidades libertinas, cuyo espíritu no es nada procreador.
EUGENIA: Pero, querida amiga, cuando ese miembro enorme, que apenas cabe en mi
mano, penetra, como tú me aseguras que puede hacerlo, en un agujero tan pequeño como
el de tu trasero, debe causar un grandísimo dolor a la mujer.
SRA. DE SAINT-ANGE: Bien que esa introducción se haga por delante, bien se haga
por detrás, cuando la mujer no está todavía acostumbrada siempre siente dolor. Le ha pla-
cido a la naturaleza hacernos llegar a la felicidad sólo por las penas: pero una vez venci-
das, nada puede igualar los placeres que se gustan, y el que se experimenta al introducir
este miembro en nuestros culos es indiscutiblemente preferible a cuantos puede procurar
esa misma introducción por delante. ¡Cuántos peligros, además, no evita una mujer en-
tonces! Menos riesgo para la salud, y ninguno de embarazo. No me extenderé más ahora
sobre esta voluptuosidad; el maestro de ambas, Eugenia, la analizará pronto ampliamente
y uniendo la práctica a la teoría, espero que te convenza, querida, de que, de todos los
placeres del goce, éste es el único que debes preferir.