Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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DOLMANCÉ: No podría estarlo más: es precisamente lo que pedía; ahora agitad esos
hermosos culos con todo el fuego de la lubricidad, que suban y bajen a compás, que sigan
las impresiones con que el placer va a moverlos... ¡Bien, bien, es delicioso!
EUGENIA: ¡Ay, querida mía, qué placer me das!... ¿Cómo se llama esto que hacemos?
SRA. DE SAINTANGE: Masturbarse, amiga mía.... darse placer; pero mira, cambie-
mos de postura; examina mi coño..., así es como se llama el templo de Venus. Este antro
que la mano cubre, examínalo bien: voy a entreabrirlo. Esa elevación que ves que está
coronada se llama el monte: se guarnece de pelos comúnmente a los catorce o quince
años, cuando una muchacha comienza a tener la regla. Esa lengüeta que se encuentra de-
bajo se llama el clítoris. Ahí yace toda la sensibilidad de las mujeres: es el foco de toda la
mía: no podrían excitarme esa parte sin verme extasiar de placer... Inténtalo... ¡Ay, bri-
bonzuela... cómo lo haces!... ¡Se diría que no has hecho otra cosa en tu vida!... ¡Para!...
¡Para!... No, te digo que no, no quiero entregarme... ¡Ay, contenedme, Dolmancé!... Bajo
los dedos hechiceros de esta linda niña, estoy a punto de perder la cabeza.
DOLMANCÉ: Bueno, pues para entibiar, si es posible, vuestras ideas variándolas, mas-
turbadla vos misma; conteneos vos, y que sólo se corra ella... ¡Ahí, sí!... en esta postura;
de este modo su lindo culo se encuentra bajo mis manos: voy a masturbarla ligeramente
con un dedo... Entregaos, Eugenia; abandonad todos vuestros sentidos al placer; que sea
el único dios de vuestra existencia; es el único al que una joven debe sacrificar todo, y a
sus ojos nada debe ser tan sagrado como el placer.
EUGENIA: ¡Ay, al menos nada es tan delicioso, lo noto!... Estoy fuera de mí... ¡no sé
ya ni lo que digo ni lo que hago!... ¡Qué embriaguez se apodera de mis sentidos!
DOLMANCÉ: ¡Cómo descarga la pequeña bribona!... Su ano se aprieta hasta cortarme
el dedo... ¡Qué delicioso sería encularla en este instante! (Se levanta y planta su polla
ante el agujero del culo de la joven.)
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Un poco de paciencia, que sólo nos preocupe la educación
de esta querida niña!... Es tan dulce formarla...
DOLMANCÉ: Pues bien, Eugenia, ya lo ves, después de un magreo más o menos lar-
go, las glándulas seminales se hinchan y terminan por exhalar un licor cuyo derrame su-
me a la mujer en el transporte más delicioso. Eso se llama descargar. Cuando tu buena
amiga quiera, te haré ver de qué forma más enérgica y más imperiosa ocurre esa misma
operación en los hombres.
SRA. DE SAINT-ANGE: Espera, Eugenia, voy a enseñarte ahora una nueva manera de
sumir a una mujer en la voluptuosidad más extrema. Separa bien tus muslos... Dolmancé,
ya veis que, de la forma en que la coloco, su culo queda para vos. Chupádselo mientras su
coño va a serlo por mi lengua, y hagámosla extasiarse entre nosotros de este modo tres o
cuatro veces seguidas si se puede. Tu monte es encantador, Eugenia. ¡Cuánto me gusta
besar ese vellito!... Tu clítoris, que ahora veo mejor, está poco formado, pero es muy sen-
sible... ¡Cómo te agitas!... ¡Déjame separarte!... ¡Ah, seguramente eres virgen!... Dime el
efecto que experimentas cuando nuestras lenguas se introduzcan a la vez en tus dos aber-
turas. (Lo hacen.)
EUGENIA: ¡Ay, querida mía, es delicioso, es una sensación imposible de pintar! Me
sería muy difícil decir cuál de vuestras lenguas me sume mejor en el delirio.
DOEMANCÉ: Por la postura en que estoy, mi polla está muy cerca de vuestras manos,
señora; dignaos menearla, por favor, mientras yo chupo este culo divino. Hundid más