Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
15
vuestra lengua, señora, no os limitéis a chuparle el clítoris; haced penetrar esa lengua vo-
luptuosa hasta la matriz: es la mejor forma de adelantar la eyaculación de su leche.
EUGENIA, envarándose: ¡Ay, no puedo más, me muero! ¡No me abandonéis, amigos
míos, estoy a punto de desvanecerme!... (Se corre en medio de sus dos preceptores.)
SRA. DE SAINT-ANGE: Y bien, amiga mía, ¿cómo te encuentras tras el placer que te
hemos dado?
EUGENIA: ¡Estoy muerta, estoy rota... estoy anonadada!... Pero explicadme, os lo rue-
go, dos palabras que habéis pronunciado y que no entiendo; en primer lugar, ¿qué signifi-
ca matriz?
SRA. DE SAINT-ANGE: Es una especie de vaso, parecido a una botella, cuyo cuello
abraza el miembro del hombre y que recibe el semen producido en la mujer por el rezu-
mamiento de las glándulas, y en el hombre por la eyaculación que te haremos ver; y de la
mezcla de estos licores nace el germen, que produce unas veces niños y otras niñas.
EUGENIA: ¡Ah!, entiendo; esa definición me explica al mismo tiempo la palabra le-
che, que al principio no había comprendido bien. Y ¿es necesaria la unión de las simien-
tes para la formación del feto?
SRA. DE SAINT-ANGE: Probablemente, aunque esté probado sin embargo que el feto
debe su existencia únicamente al semen del hombre; lanzado solo, sin mezcla con el de la
mujer, no lo lograría; el que nosotras proporcionamos no hace más que elaborar; no crea
nada, ayuda a la creación sin ser su causa. Muchos naturalistas modernos pretenden in-
cluso que es inútil; por eso, los moralistas, siempre guiados por el descubrimiento de
aquéllos, han deducido, con bastante verosimilitud, que en tal caso el niño formado de la
sangre del padre sólo a éste debía ternura. Tal afirmación no carece de verosimilitud y,
aunque mujer, no se me ocurriría combatirla.
EUGENIA: Encuentro en mi corazón la prueba de lo que me dices, querida, porque
amo a mi padre hasta la locura, y siento que detesto a mi madre.
DOLMANCÉ: Semejante predilección no tiene nada de extraño: yo he pensado lo
mismo; aún no me he consolado de la muerte de mi padre, mientras que cuando perdí a
mi madre, salté de alegría... La detestaba cordialmente. Adoptad sin temor estos mismos
sentimientos, Eugenia: son naturales. Formados únicamente por la sangre de nuestros pa-
dres, no debemos absolutamente nada a nuestras madres; no han hecho, además, sino
prestarse al acto, mientras que el padre lo ha solicitado; el padre por tanto ha querido
nuestro nacimiento, mientras que la madre no ha hecho sino consentirlo. ¡Qué diferencia
para los sentimientos!
SRA. DE SAINT-ANGE: Existen mil razones más a tu favor, Eugenia. ¡Si hay alguna
madre en el mundo que deba ser detestada, es con toda seguridad la tuya! Desabrida, su-
persticiosa, devota, gruñona... y de una gazmoñería indignante, apostaría a que esa moji-
gata no ha dado un paso en falso en su vida. ¡Ay, querida, cuánto detesto a las mujeres
virtuosas!... Pero ya volveremos sobre ello.
DOLMANCÉ: Ahora ¿no sería necesario que Eugenia, dirigida por mí, aprendiese a
devolver lo que vos acabáis de prestarle, y que os magrease ante mis ojos?
SRA. DE SAINT-ANGE: Consiento en ello, lo creo incluso útil; y, sin duda, durante la
operación también querréis mi culo, ¿no es así, Dolmancé?
DOLMANCÉ: ¿Podéis dudar, señora, del placer con que le rendiré mis más dulces
homenajes?