Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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SRA. DE SAINT-ANGE, presentándole las nalgas: Y bien, ¿os parece que estoy bien
puesta?
DOLMANCÉ: ¡De maravilla! Así puedo devolveros de la mejor manera posible los
mismos servicios con que Eugenia se ha encontrado tan bien. Ahora, pequeña loca, po-
neos con la cabeza bien metida entre las piernas de vuestra amiga y devolvedle, con vues-
tra linda lengua, los mismos cuidados que acabáis de obtener de ella. ¡Vaya! Por la postu-
ra podría poseer vuestros dos culos; sobaré deliciosamente el de Eugenia, chupando el de
su bella amiga. Ahí... bien. ¿Veis cómo nos conjuntamos?
SRA. DE SAINT-ANDE, extasiándose: ¡Me muero, vive Dios!... Dolmancé, ¡cuánto
me gusta tocar tu hermosa polla mientras me corro!... ¡Quisiera que me inundara de le-
che!... ¡Masturbad!... ¡Chupadme, santo DiosL.. ¡Ay, cuánto me gusta hacer de puta,
cuando mi esperma eyacula así!... Se acabó, no puedo más... Me habéis saciado los dos...
Creo que nunca en mi vida he tenido tanto placer.
EUGENIA: ¡Qué contenta estoy de ser yo la causa! Pero una cosa, querida amiga, aca-
ba de escapársete una palabra, y no la entiendo. ¿Qué entiendes tú por esa expresión de
puta? Perdón, pero ya sabes que estoy aquí para instruirme.
SRA. DE SAINT-ANGE: Se denomina así, bella mía, a esas víctimas públicas de la
depravación de los hombres, siempre dispuestos a entregarse a su temperamento o a su
interés; felices y respetables criaturas que la opinión mancilla, pero que la voluptuosidad
corona, y que, más necesarias a la sociedad que las mojigatas, tienen el coraje de sacrifi-
car, para servirla, la consideración que esa sociedad osa quitarles injustamente. ¡Vivan
aquellas a las que este título honra a sus ojos! Ésas son las mujeres realmente amables,
las únicas verdaderamente filósofas. En cuanto a mí, querida mía, que desde hace doce
años trabajo por merecerlo, te aseguro que lejos de molestarme, me divierte. Es más: me
gusta que me llamen así cuando me follan; esa injuria me calienta la cabeza.
EUGENIA: ¡Oh! Me lo explico, querida; tampoco a mí me molestaría que me lo dije-
ran, aunque tengo menos méritos para el título; pero ¿no se opone la virtud a semejante
conducta, y no la ofendemos al comportarnos como lo hacemos?
DOLMANCÉ: ¡Ah, renuncia a las virtudes, Eugenia! ¿Hay uno solo de los sacrificios
que pueden hacerse a esas falsas divinidades que valga lo que un minuto de los placeres
que se gustan ultrajándolas? Bah, la virtud no es más que una quimera, cuyo culto sólo
consiste en inmolaciones perpetuas, en rebeldías sin número contra las inspiraciones del
temperamento. Tales movimientos, ¿pueden ser naturales? ¿Aconseja la naturaleza lo que
la ultraja? No seas víctima, Eugenia, de esas mujeres que oyes llamar virtuosas. No son,
si quieres, nuestras pasiones las que ellas sirven: tienen otras, y con mucha frecuencia
despreciables... Es la ambición, es el orgullo, son los intereses particulares, a menudo in-
cluso sólo la frigidez de un temperamento que no les aconseja nada. ¿Debemos algo a
semejantes seres, pregunto? ¿No han seguido ellas sólo las impresiones del amor propio?
Por lo que a mí respecta, creo que tanto valen unas como otras; y quien sólo escucha esta
última voz tiene más razones sin duda, puesto que ella sola es el órgano de la naturaleza,
mientras que la otra lo es sólo de la estupidez y del prejuicio. Una sola gota de leche eya-
culada por este miembro, Eugenia, me es más preciosa que los actos más sublimes de una
virtud que desprecio.
EUGENIA: (Tras haberse restablecido levemente la calma durante estas disertaciones,
las mujeres, vestidas de nuevo con sus túnicas, están semiacostadas sobre el canapé, y