Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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Dolmancé junto a ellas en un gran sillón.) Pero hay virtudes de más de una especie; ¿qué
pensáis vos, por ejemplo, de la piedad?
DOLMANCÉ: ¿Qué puede ser esa virtud para quien no cree en la religión? ¿Y quién
puede creer en la religión? Veamos, razonemos con orden, Eugenia: ¿no llamáis religión
al pacto que liga al hombre con su creador, y que lo compromete a testimoniarle, median-
te un culto, el reconocimiento que tiene por la existencia recibida de ese sublime autor?
EUGENIA: No se puede definir mejor.
DOLMANCÉ: Pues bien, si está demostrado que el hombre sólo debe su existencia a
los planes irresistibles de la naturaleza; si está probado que, tan antiguo sobre este glo-
bo como el globo mismo, no es, como el roble, como el león, como los minerales que se
encuentran en las entrañas de este globo, más que una producción necesitada por la
existencia del globo, y que no debe la suya a nadie; si está demostrado que ese Dios, a
quien los tontos miran como autor y fabricante único de todo lo que vemos, no es más
que el nec plus ultra de la razón humana, el fantasma creado en el instante en que esa
razón ya no ve nada más, a fin de ayudar a sus operaciones; si está probado que la exis-
tencia de ese Dios es imposible, y que la naturaleza, siempre en acción, siempre en mo-
vimiento, saca de sí misma lo que a los tontos place darle gratuitamente; si es cierto,
suponiendo que ese ser inerte exista, sería con toda seguridad el más ridículo de los se-
res, puesto que no habría servido más que un solo día y luego durante millones de si-
glos estaría en una inacción despreciable; suponiendo que exista como las religiones
nos lo pintan, sería con toda seguridad el más detestable de los seres, puesto que per-
mite el mal sobre la tierra cuando su omnipotencia podría impedirlo; si, digo yo, todo
esto estuviera probado, como indiscutiblemente lo está, ¿creéis entonces, Eugenia, que
la piedad que vincule al hombre con ese Creador imbécil, insuficiente, feroz y despre-
ciable, sería una virtud muy necesaria?
EUGENIA, a la Sra. de Saint Ange: ¿Cómo? ¿De veras, amable amiga, que la exis-
tencia de Dios sería una quimera?
SRA. DE SAINT-ANGE: Y, a todas luces, una de las más despreciables.
DOLMANCÉ: Hay que haber perdido el sentido para creer en ella. Fruto del pavor de
unos y de la debilidad de otros, ese abominable fantasma, Eugenia, es inútil para el sis-
tema de la tierra; infaliblemente la perjudicaría, porque sus voluntades, que debieran ser
justas, jamás podrían aliarse con las injusticias, esenciales alas leyes de la naturaleza;
porque constantemente debería querer el bien, mientras que la naturaleza sólo tiene que
desearlo como compensación del mal que sirve a sus leyes; porque sería preciso que
actuase siempre, y la naturaleza, que tiene la acción perpetua por una de sus leyes, no
podría sino encontrarse en competencia y oposición perpetua con el. Pero, se dirá a es-
to, Dios y la naturaleza son la misma cosa. ¿No sería un absurdo? La cosa creada no
puede ser igual al agente que crea: ¿es posible que el reloj sea el relojero? Pues bien,
continuarían, la naturaleza no es nada, es Dios quien lo es todo. ¡Otra tontería! Necesa-
riamente ha de haber dos cosas en el universo: el agente creador y el individuo creado.
Ahora bien, ¿cuál es ese agente creador? Tal es la única dificultad que hay que resolver:
ahí tienes la única cuestión que hemos de contestar.
Si la materia actúa, se mueve, por combinaciones que nos son desconocidas; si el mo-
vimiento es inherente a la materia, si ésta sola, en fin, puede, debido a su energía, crear,
producir, conservar, mantener, equilibrar en las llanuras inmensas del espacio todos los
globos cuya vista nos sorprende y cuya marcha uniforme, invariable, nos llena de respe-