Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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to y de admiración, ¿qué necesidad habrá de buscar un agente extraño a todo esto, pues-
to que esa facultad activa se encuentra esencialmente en la naturaleza misma, que no es
otra cosa que la materia en acción? Vuestra quimera deífica, ¿aclara algo? Desafío a que
me lo prueben. Suponiendo que me engañe respecto a las facultades internas de la mate-
ria, se me plantea una dificultad por lo menos. ¿Qué hacéis presentándome para resolver-
la a vuestro Dios? Me planteáis otra más. ¿Y cómo queréis que admita por causa de lo
que no comprendo algo que comprendo menos aún? ¿Será en medio de los dogmas de la
religión cristiana que he de examinar... donde se me aparecerá vuestro espantoso Dios?
Veamos un poco cómo me lo pinta...
¿Qué veo en el Dios de ese culto infame a no ser un inconsecuente y bárbaro que crea
hoy un mundo de cuya construcción se arrepiente al día siguiente? ¿Qué veo sino un ser
débil que jamás puede hacer que el hombre se pliegue a lo que él querría? Esta criatura,
aunque emanada de él, le domina; ¡puede ofenderle y merecer por ello suplicios eternos!
¡Qué ser tan débil ese Dios! ¡Cómo! ¿Ha podido crear todo cuanto vemos y le es imposi-
ble formar un hombre a su guisa? Pero, me responderéis a esto, si lo hubiera creado así, el
hombre no habría tenido mérito. ¡Qué simpleza! ¿Y qué necesidad hay de que el hombre
merezca de su Dios? De haberlo formado completamente bueno, jamás habría podido
hacer el mal, y desde ese momento la obra era digna de un Dios. Es tentar al hombre de-
jarle que elija. Y Dios, por su presciencia infinita, sabía de sobra lo que de ello resultaría.
Desde ese momento, pierde adrede, por tanto, a la criatura que él mismo ha formado.
¡Qué horrible Dios ese Dios! ¡Qué monstruo! ¡Qué perverso más digno de nuestro odio y
de nuestra implacable venganza! Sin embargo, poco satisfecho de tan sublime tarea, in-
unda al hombre para convertirlo; lo quema, lo maldice. Nada de todo esto lo cambia. Un
ser más poderoso que ese despreciable Dios, el Diablo, que sigue conservando su poder,
que sigue pudiendo desafiar a su autor, consigue constantemente, mediante sus seduccio-
nes, corromper el rebaño que se había reservado el Eterno. Nada puede vencer la energía
de ese demonio en nosotros. ¿Qué imagina entonces, según vosotros, el horrible Dios que
predicáis? No tiene más que un hijo, un hijo único que posee de no sé qué comercio car-
nal; porque igual que el hombre jode, éste ha querido que su Dios joda también; envía
desde el cielo a esa respetable porción de sí mismo. Tal vez alguien imagine que esta su-
blime criatura ha de aparecer sobre rayos celestiales, en medio del cortejo de los ángeles,
a la vista del universo entero... Nada de eso, sino en el seno de una puta judía; es en me-
dio de un cortijo de cerdos donde se anuncia el Dios que viene a salvar la tierra. ¡Ésa es la
digna extracción que le prestan! Pero su honorable misión, ¿nos resarcirá? Sigamos un
instante al personaje. ¿Qué dice? ¿Qué hace? ¿Qué sublime misión recibimos de él? ¿Qué
misterio va a revelar? ¿Qué dogma nos va a prescribir? ¿En qué actos, en fin, va a res-
plandecer su grandeza?
Veo en primer lugar una infancia ignorada, algunos servicios, indudablemente muy li-
bertinos, prestados por ese bribonzuelo a los sacerdotes del templo de Jerusalén; luego
una desaparición de quince años, durante la que el bribón va a envenenarse con todas las
enseñanzas de la escuela egipcia, que finalmente introduce en Judea. Apenas reaparece,
su demencia empieza por hacerle decir que es hijo de Dios, igual a su padre; a esta alian-
za asocia otro fantasma que denomina Espíritu Santo, ¡y asegura que estas tres personas
no deben ser más que una! ¡Cuanto más sorprende a la razón este ridículo misterio, más
afirma el bellaco que hay mérito en adoptarlo..., peligros en aniquilarlo! Asegura el im-
bécil que es para salvar a todos por lo que él ha tomado carne, aunque Dios, en el seno de