Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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un hijo de los hombres; ¡y los sorprendentes milagros que han de vérsele realizar, con-
vencerán pronto de ello al universo! En una cena de borrachos, en efecto, el pícaro cam-
bia, según se dice, el agua en vino; en un desierto, alimenta a varios malvados con provi-
siones ocultas que sus secuaces tenían preparadas; uno de sus camaradas se hace el muer-
to, y nuestro impostor lo resucita; se traslada a una montaña, y allí, solamente delante de
dos o tres amigos suyos, hace un juego de manos que haría avergonzarse al peor prestidi-
gitador de nuestros días.
Maldiciendo además con entusiasmo a quienes no crean en él, el tunante promete los
cielos a todos los tontos que le escuchen. No escribe nada, dada su ignorancia; habla muy
poco, dada su imbecilidad; hace aún menos, dada su debilidad, hasta que cansando final-
mente a los magistrados, impacientados por sus discursos sediciosos, aunque muy raros,
el charlatán se hace crucificar tras haber asegurado a los pillos que le siguen que, cada
vez que lo invoquen, descenderá a ellos para que se lo coman. Le torturan, él deja que lo
hagan. El señor su padre, ese Dios sublime de quien osa decir que desciende, no le presta
la menor ayuda, y ya tenemos al tunante tratado como el último de los criminales, de los
que tan digno era de ser el jefe.
Sus satélites se reúnen: «Estamos perdidos, dicen, y todas nuestras esperanzas se des-
vanecerán si no nos salvamos con una hazaña, con un golpe de efecto. Emborrachemos a
la guardia que rodea a Jesús; robemos su cuerpo, publiquemos que ha resucitado: la estra-
tagema es segura; si conseguimos que crean en esta bribonada, nuestra nueva religión se
sostendrá, se propagará, seducirá al mundo entero... ¡Manos a la obra!» Emprenden el
golpe, tienen éxito. ¿A cuántos bribones la audacia no ha valido tanto como el mérito? El
cuerpo es robado; los tontos, las mujeres y los niños gritan cuanto pueden, y, sin embar-
go, en aquella ciudad donde tan grandes maravillas acaban de realizarse, en esa ciudad
teñida por la sangre de un Dios, nadie quiere creer en ese Dios; no se produce ni una sola
conversión. Es más: el hecho es tan poco digno de ser transmitido que ningún historiador
habla de él. Sólo los discípulos de ese impostor piensan en sacar partido del fraude, pero
no por el momento.
La siguiente consideración es también muy esencial: dejan transcurrir varios años antes
de hacer uso de su insigne bribonada; erigen, finalmente, sobre ella el edificio vacilante
de su repugnante doctrina. Todo cambio place a los hombres. Cansados del despotismo
de los emperadores, se les hacía necesaria una revolución. Escuchan a estos trapaceros,
progresan rápidamente: es la historia de todos los errores. Pronto los altares de Venus y
de Marte son sustituidos por los de Jesús y María; se publica la vida del impostor; esta
insulsa novela encuentra víctimas; se le hace decir cien cosas en las que jamás pensó; al-
gunas de sus ridículas frases se vuelven pronto la base de su moral, y, como esta novedad
se predicaba a los pobres, la caridad se convierte en la primera virtud. Se instituyen ritos
extravagantes bajo el nombre de sacramentos, el más digno y más abominable de los
cuales es ése por el cual un sacerdote, cubierto de crímenes, tiene no obstante, por la vir-
tud de algunas palabras mágicas, el poder de hacer llegar a Dios en un trozo de pan.
No lo dudemos; desde su mismo nacimiento este culto indigno habría sido destruido sin
remisión si no hubieran empleado contra él otras armas que las del desprecio que mere-
cía; pero se les ocurrió perseguirlo; creció; el medio era inevitable. Que traten de cubrirlo,
incluso hoy, de ridículo, y caerá. El hábil Voltaire no empleaba otras armas, y es de todos
los escritores el que puede vanagloriarse de haber hecho más prosélitos. En una palabra,