Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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supernumerarios son como las ramas parásitas que, viviendo sólo a expensas del tronco,
terminan siempre por extenuarlo. Recordad que siempre que en cualquier gobierno la po-
blación es superior a los medios de existencia, ese gobierno languidece. Examinad aten-
tamente Francia: veréis lo que os ofrece. ¿Qué resulta de ello? Ya se ve. El chino, más
sabio que nosotros, se guarda mucho de dejarse dominar así por una población demasiado
abundante. Nada de asilo para los frutos vergonzosos de su desenfreno: abandona esos
horribles resultados como las secuelas de una digestión. Nada de casas para la pobreza:
no se la conoce en China. Allí todo el mundo trabaja; allí todo el mundo es feliz, nada
altera la energía del pobre y cada uno puede decir como Nerón: Quid est pauper?
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EUGENIA, a la Sra. de Saint Ange: Querida amiga, mi padre piensa lo mismo que el
señor: en su vida ha hecho una obra buena. No cesa de reñir a mi madre por las sumas
que gasta en tales prácticas. Era de la Sociedad maternal, de la Sociedad filantrópica: no
sé de qué sociedad no era; él la ha obligado a dejar todo eso, asegurándola que le dejaría
la pensión más módica si se le ocurría volver a caer en semejantes estupideces.
SRA. DE SAINT-ANGE: No hay nada más ridículo y al mismo tiempo más peligroso,
Eugenia, que todas esas asociaciones; es a ellas, a las escuelas gratuitas y a las casas de
caridad a las que debemos el horrible caos en que estamos ahora. No des jamás limosna,
querida, te lo suplico.
EUGENIA: No temas; hace tiempo que mi padre exigió de mí lo mismo, y la benefi-
cencia me tienta demasiado poco para infringir, en esto, sus órdenes..., los impulsos de mi
corazón y tus deseos.
DOLMANCÉ: No dividamos esa porción de sensibilidad que hemos recibido de la na-
turaleza: es aniquilarla más que ampliarla. ¿Qué me importan a mí los males de los de-
más? ¿No tengo bastante con los míos para ir a afligirme con los que me son extraños?
¡Que el fuego de esa sensibilidad no alumbre nunca otra cosa que nuestros placeres!
Seamos sensibles a cuanto los halaga, absolutamente inflexibles con todo lo demás. De
ese estado anímico resulta una especie de crueldad no exenta a veces de delicia. No siem-
pre se puede hacer el mal. Privados del placer que da, compensemos al menos esa sensa-
ción mediante la pequeña maldad excitante de no hacer nunca el bien.
EUGENIA: ¡Ah, Dios! ¡Cómo me inflaman vuestra lecciones! Creo que me mataría an-
tes que obligarme ahora a hacer una buena acción.
SRA. DE SAINT-ANGE: Y si se presentase una mala, ¿estarías también dispuesta a
cometerla?
EUGENIA: Cállate, seductora; no responderé hasta que no hayas terminado de ins-
truirme. Me parece que después de cuanto me decís, Dolmancé, nada es tan indiferente
sobre la tierra como cometer en ella el bien o el mal; ¿sólo nuestros gustos, nuestro tem-
peramento, deben ser respetados?
DOLMANCÉ: ¡Ah! No lo dudéis, Eugenia; esas palabras de vicio y virtud sólo nos dan
ideas puramente locales. No hay ninguna acción, por singular que podáis suponerla, que
sea verdaderamente criminal; ninguna que pueda llamarse realmente virtuosa. Todo es en
razón de nuestras costumbres y del clima que habitamos; lo que aquí es crimen, es con
frecuencia virtud cien leguas más abajo, y las virtudes de otro hemisferio podrían, a la
recíproca, ser crímenes para nosotros. No hay horror que no haya sido divinizado, ningu-
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En este fragmento hay fuertes relaciones con la tesis que, sobre la beneficencia, expone Rousseau en La
Nueva Eloisa (VI, ii), aunque, por supuesto, a contrario. [Nota del T]