Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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na virtud que no haya sido reprobada. De tales diferencias puramente geográficas nace el
poco caso que debemos hacer de la estima o del desprecio de los hombres, sentimientos
ridículos y frívolos, por encima de los cuales debemos ponernos, hasta el punto incluso
de preferir sin temor su desprecio, a poco que las acciones que nos lo merezcan tengan
alguna voluptuosidad para nosotros.
EUGENIA: Pero me parece, sin embargo, que debe de haber acciones bastante peligro-
sas, bastante malas en sí mismas como para haber sido generalmente consideradas como
criminales, y castigadas por tales de una punta a otra del universo.
SRA. DE SAINT-ANGE: Ninguna, amor mío, ninguna; ni siquiera la violación o el in-
cesto; ni siquiera el asesinato o el parricidio.
EUGENIA: ¡Cómo! ¿Pueden excusarse en alguna parte tales horrores?
DOLMANCÉ: Han sido honrados, coronados, considerados como excelentes acciones,
mientras que en otros lugares la humanidad, el candor, la beneficencia, la castidad, todas
nuestras virtudes, en fin, eran miradas como monstruosidades.
EUGENIA: Os suplico que me expliquéis todo eso: exijo un breve análisis de cada uno
de esos crímenes, rogándoos que comencéis por explicarme, primero, vuestra opinión
sobre el libertinaje de las muchachas, luego sobre el adulterio de las mujeres.
SRA. DE SA1NT-ANGE: Escúchame entonces, Eugenia. Es absurdo decir que tan
pronto como una muchacha está fuera del seno de su madre, debe, desde ese momento,
convertirse en víctima de la voluntad de sus padres, para permanecer así hasta su último
aliento. No es en un siglo en que la amplitud y los derechos del hombre acaban de ser
profundizados con tanto cuidado en el que las muchachas jóvenes deben seguir creyén-
dose esclavas de sus familias, cuando está probado que los poderes de esas familias so-
bre ellas son absolutamente quiméricos. Escuchemos a la naturaleza sobre tema tan in-
teresante, y que las leyes de los animales, mucho más cercanos a ella, nos sirvan un
momento de ejemplo. ¿Se extienden los deberes paternales en ellas más allá de las pri-
meras necesidades físicas? Los frutos del goce del macho y de la hembra ¿no poseen
toda su libertad, todos sus deseos? Tan pronto como pueden caminar y nutrirse solos,
desde ese instante, ¿les conocen los autores de sus días? Y ellos, ¿creen deber algo a los
que les han dado la vida? Indudablemente no. ¿Con qué derecho los hijos de los hom-
bres están, pues, constreñidos a otros deberes? ¿Y qué fundamenta esos deberes si no es
la avaricia o la ambición de los padres? Ahora yo pregunto si es justo que una joven
que comienza a sentir y a razonar se someta a tales frenos. ¿No es acaso el prejuicio
únicamente el que prolonga esas cadenas? No hay nada más ridículo que ver a una jo-
ven de quince o dieciséis años, urgida por deseos que está obligada a vencer, esperar,
entre tormentos peores que los del infierno, que plazca a sus padres, tras haber hecho
desgraciada su juventud, sacrificar aun su edad madura, inmolándola a su pérfida codi-
cia, asociándola, a pesar suyo, a un esposo que o no tiene nada para hacerse amar o lo
tiene todo para hacerse odiar.
¡Ay! No, no, Eugenia, tales ataduras serán muy pronto aniquiladas; es preciso que,
alejando desde la edad de razón a la joven de la casa paterna, y tras haberle dado una
educación nacional, se la deje dueña de convertirse, a los quince años, en lo que quiera.
¿Dará en el vicio? ¿Y qué importa? Los servicios que brinda una joven consintiendo en
hacer la felicidad de todos los que a ella se dirigen, ¿no son infinitamente más impor-
tantes que los que, aislándose, ofrece a su esposo? El destino de la mujer es ser como la
perra, como la loba: debe pertenecer a cuantos quieran algo de ella. Es, evidentemente,