Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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ultrajar al destino que la naturaleza impone a las mujeres encadenarlas por el lazo ab-
surdo de un himeneo solitario.
Esperemos que se abran los ojos, y que, al asegurar la libertad de todos los indivi-
duos, no se olvide la suerte de las desgraciadas muchachas; pero, si son tan dignas de
lástima que resultan olvidadas, deben colocarse ellas mismas por encima de la costum-
bre y del prejuicio y pisotear audazmente los hierros vergonzosos con que pretenden
esclavizarlas; triunfarán entonces al punto de la costumbre y de la opinión; el hombre,
vuelto más sabio porque será más libre, sentirá la injusticia que cometía por despreciar
a las que así actuaron, y que el hecho de ceder a los impulsos de la naturaleza, mirado
como un crimen en un pueblo cautivo, no puede serlo en un pueblo libre.
Parte, por tanto, de la legitimidad de tales principios, Eugenia, y rompe tus cadenas al
precio que sea; desprecia las vanas reprimendas de una madre imbécil, a quien legíti-
mamente no debes más que odio y desprecio. Si tu padre, que es un libertino, lo desea,
en buena hora: que goce de ti, pero sin encadenarte; rompe el yugo si quiere esclavizar-
te; más de una joven ha actuado de la misma forma con su padre. Jode, en una palabra,
jode; para esto has venido al mundo; no pongas límite alguno a tus placeres, a no ser el
de tus fuerzas o el de tus deseos; ninguna excepción de lugares, de tiempos ni de perso-
nas; a toda hora y en todos los lugares, todos los hombres deben servir a tus voluptuosi-
dades; la continencia es una virtud imposible, de la que la naturaleza, violada en sus
derechos, nos castiga al punto con mil desgracias. Mientras las leyes sean las que toda-
vía son, usemos de ciertos velos; la opinión nos obliga a ello; pero compensémonos en
silencio de esa castidad cruel que estamos obligadas a tener en público.
Que una muchacha trabaje por conseguir una buena amiga que, libre y de mundo,
pueda hacerle gustar secretamente los placeres; que, a falta de esa amiga, trate de sedu-
cir a los argos de que está rodeada; que les suplique que la prostituyan, prometiéndoles
todo el oro que puedan sacar de su venta, y esos argos por sí mismos, o las mujeres que
ellos encuentren, y que se llaman celestinas, realizarán al punto las miras de la joven;
que entonces arroje polvo a los ojos de cuantos la rodean, hermanos, primos, amigos,
padres; que se entregue a todos, si es necesario para ocultar su conducta; que haga in-
cluso, si se lo exigen, sacrificio de sus gustos y de sus afectos, una intriga que le ha
desagradado, y a la que se habrá entregado sólo por política, no tardará en llevarla a una
situación más agradable, y ya está lanzada. Pero que nunca vuelva a los prejuicios de
su infancia; amenazas, exhortaciones, deberes, virtudes, religión, consejos, que pisotee
todo; que rechace y desprecie obstinadamente cuanto sólo tienda a encadenarla de nue-
vo, cuanto, en una palabra, no apunte a guiarla al seno de la impudicia.
Las predicciones de desgracias en el camino del libertinaje no son más que una extra-
vagancia de nuestros padres; hay espinas en todas partes, pero las rosas se encuentran
por encima de ellas en la carrera del vicio; sólo en los senderos cenagosos de la virtud
no las ha hecho nacer nunca la naturaleza. El único escollo a temer en el primero de
esos caminos es la opinión de los hombres; pero ¿qué muchacha ingeniosa no ha de su-
perar esa despreciable opinión a poco que reflexione? Los placeres recibidos de la esti-
ma, Eugenia, no son más que placeres morales, sólo convenientes a ciertas cabezas; los
de la jodienda agradan a todos, y estos seductores atractivos nos compensan pronto de
ese desprecio ilusorio al que es difícil escapar si se desafia a la opinión pública, pero
del que muchas mujeres sensatas se han burlado hasta el punto de hacer de él un placer