Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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más. Jode, Eugenia, jode pues, ángel mío: tu cuerpo es tuyo, sólo tuyo; sólo tú en el
mundo tienes derecho a gozar de él y a hacer gozar con él a quien bien te parezca.
Aprovecha el tiempo más feliz de tu vida: ¡son demasiado cortos estos felices años de
nuestros placeres! Si somos lo bastante afortunadas para haber gozado en ellos, delicio-
sos recuerdos nos consuelan y nos divierten aún en nuestra vejez. ¿Que los hemos per-
dido?... Recuerdos amargos, horribles remordimientos nos desgarran y se unen a los
tormentos de la edad para rodear de lágrimas y zarzas la funesta proximidad del ataúd...
¿Tienes acaso la locura de la inmortalidad? Pues bien, querida, es jodiendo como
permanecerás en la memoria de los hombres. Se ha olvidado pronto a las Lucrecias,
mientras que las Teodoras y las Mesalinas son motivo de las conversaciones más dulces
y más frecuentes de la vida ¿Cómo pues, Eugenia, no preferir un partido que, coronán-
donos de flores aquí abajo, nos deja aún la esperanza de culto más allá de la tumba?
¿Cómo, pregunto yo, no preferir este partido a aquel que, haciéndonos vegetar im-
bécilmente en la tierra, no nos promete después de nuestra existencia más que el des-
precio y el olvido?
EUGENIA, a la Sra. de Saint-Ange: ¡Ay, amor mío, cómo inflaman mi cabeza y se-
ducen mi alma esos discursos seductores! Estoy en un estado difícil de pintar... Y, di-
me, ¿podrás presentarme a algunas de esas mujeres... (turbada) que me prostituirán, si
se lo digo?
SRA. DE SAINT-ANGE: De aquí a que tengas más experiencia, eso sólo me atañe a
mí, Eugenia; déjame a mí ese cuidado, y, más aún, todas las precauciones que adopte
para cubrir tus extravíos: mi hermano y este amigo seguro que te instruye serán los
primeros a quienes quiero que te entregues; luego te buscaremos otros. No te inquietes,
querida amiga: ¡te haré volar de placer en placer, te sumergiré en un mar de delicias, te
colmaré de ellas, ángel mío, te hartaré de ellas!
EUGENIA, precipitándose en brazos de la Sra. de Saint Ange: ¡Oh, querida, te ado-
ro; mira, nunca tendrás una alumna más sumisa que yo; pero me parece que me diste a
entender, en nuestras antiguas conversaciones, que era difícil para una joven lanzarse al
libertinaje sin que el esposo que debe tomar se dé cuenta.
SRA. DE SAINT-ANGE: Cierto, querida, pero hay secretos que zurcen todas esas
brechas. Te prometo hacértelos conocer, y entonces, aunque hayas jodido como Anto-
nieta, me encargo de hacerte tan virgen como el día en que viniste al mundo.
EUGENIA: ¡Ah! ¡Eres deliciosa! Vamos, sigue instruyéndome. Apresúrate, en tal ca-
so, a enseñarme cuál ha de ser la conducta de una mujer en el matrimonio.
SRA. DE SAINT-ANGE: En cualquier estado, querida, en que se encuentre una mu-
jer, sea doncella, sea mujer, sea viuda, nunca debe tener otra meta, otra ocupación y
otro deseo, que hacerse joder de la mañana a la noche: para este único fin es para lo que
la ha creado la naturaleza; y si, para cumplir tal intención, exijo de ella pisotear todos
los prejuicios de su infancia, si le prescribo la desobediencia más formal a las órdenes
de su familia, el desprecio más constante de todos los consejos de sus padres, con-
vendrás, Eugenia, que, de todos los frenos a romper, el que antes le aconsejaré aniquilar
será con toda seguridad el del matrimonio.
Considera, en efecto, Eugenia, a una joven apenas salida de la casa paterna, que no
conoce nada, que no tiene experiencia alguna, obligada a pasar súbitamente a los brazos
de un hombre al que jamás ha visto, obligada a jurar a este hombre, al pie de los altares,
una obediencia y una fidelidad injusta, porque en el fondo de su corazón sólo tiene el