Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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mayor deseo de faltar a esa palabra. ¿Hay en el mundo, Eugenia, suerte más horrible
que ésa? Sin embargo, mírala ahí atada, le plazca o no su marido, tenga él o deje de te-
ner para con ella ternura o malos modos; su honor se basa en sus juramentos; él queda
mancillado si ella los infringe; es preciso que ella se pierda o que arrastre el yugo, aun-
que tenga que morir por ello de dolor. ¡Ah, no, Eugenia, no, no es para ese fin para el
que nosotras hemos nacido! Esas leyes absurdas son obra de los hombres, y nosotras no
debemos someternos a ellas. El divorcio incluso, ¿es capaz de satisfacernos?
Indudablemente, no. ¿Quién nos responde de encontrar con mayor seguridad en unos
segundos lazos la dicha que se nos ha escapado en los primeros? Compensemos por
tanto en secreto toda la coacción de ataduras tan absurdas, seguras de que nuestros des-
órdenes en este punto, sean cuales fueren los. excesos a que podamos llevarlos, lejos de
ultrajar a la naturaleza, no son más que un homenaje sincero que le rendimos; ceder a
los deseos que sólo ella ha puesto en nosotros no es más que obedecer sus leyes; sólo
resistiendo a ellos la ultrajaríamos. El adulterio, que los hombres miran como un cri-
men, que han osado castigar como tal arrancándonos por él la vida, el adulterio, Euge-
nia, no es más que el pago de un derecho a la naturaleza, del que las fantasías de esos
tiranos jamás podrán sustraernos. Pero ¿no es horrible, dicen nuestros esposos, expo-
nernos a querer como a hijos nuestros, a abrazar como a tales, los frutos de vuestros
desórdenes? Esa es la objeción de Rousseau
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; y es, convengo en ello, la única algo es-
peciosa con que puede combatirse el adulterio. Pero ¿no es extremadamente fácil en-
tregarse al libertinaje sin temer el embarazo? ¿No es más fácil todavía destruirlo, si por
imprudencia ha ocurrido? Pero como volveremos sobre este tema no trataremos ahora
más que el fondo de la cuestión: veremos que el argumento, por especioso que parezca
al principio, sólo es, sin embargo, quimérico.
En primer lugar, mientras me acueste con mi marido, mientras su semilla corra hasta
el fondo de mi matriz, aunque vea a diez hombres al mismo tiempo que a él, nada podrá
probarle nunca que el hijo que nazca no le pertenece; puede ser suyo como puede no
serlo, y en caso de incertidumbre no puede ni debe jamás (puesto que ha cooperado a la
existencia de esta criatura) tener escrúpulo alguno por conservar esa existencia. Desde
el momento en que puede pertenecerle, le pertenece, y cualquier hombre que sufra por
sospechas sobre este tema, sería igual de desgraciado aunque su mujer fuera una vestal,
porque es imposible responder de una mujer y porque la que ha sido prudente diez años
puede dejar de serlo un día. Por tanto, si ese marido es suspicaz, lo será en todos los
casos; jamás estará seguro de que el hijo que abraza es verdaderamente el suyo. Y si
puede ser suspicaz siempre, no hay ningún inconveniente en legitimar algunas veces las
sospechas; para su estado de dicha o de desgracia moral no sería ni más ni menos; por
lo tanto, da lo mismo que ocurra. Ahí lo tienes, supongo, en un completo error: ahí lo
tienes acariciando el fruto del libertinaje de su mujer: ¿dónde está el crimen? ¿No son
comunes nuestros bienes? En tal caso, ¿qué mal hago metiendo en el hogar un hijo que
debe gozar de una parte de esos bienes? Será de la mía de la que gozará; no robará nada
a mi tierno esposo; esa parte que va a disfrutar, la considero tomada de mi dote; por lo
tanto, ni ese hijo ni yo le quitamos nada a mi marido. Si ese hijo hubiera sido suyo, ¿a
título de qué habría participado de mis bienes? ¿No sería en razón de lo que hubiera
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La Nueva Eloisa (III, xviii): «¿Hay en el mundo algún hombre honesto que no sienta horror a cambiar
el hijo de otro durante la cría? ¿Y es menor crimen cambiarlo en el seno de la madre?» [Nota del T.]